RECURSO DE ALTO IMPACTO DEL CNT
Edición | Junio 2026
Reconfigurando la escalera de Moghaddam: arquitecturas algorítmicas, teorías criminológicas y radicalización juvenil en la era onlife
Artículo
AUTOR
Cristian Rodríguez Jiménez
Especialista en Criminología Aplicada contra el Terrorismo del CNT




Nacionalidad: Española
Lugar de redacción: Santiago, Chile
Contenido del artículo
Resumen Ejecutivo
Palabras Clave
Introducción
Objetivo del artículo
Marco Conceptual
Análisis de la escalera de Moghaddam (2005)
El entorno cambió: algoritmos, aceleración y realidad onlife
Polarización afectiva, malestar juvenil y nihilismo violento
Discusión
Conclusiones
Referencias
Resumen Ejecutivo
La escalera de Moghaddam sigue ocupando un lugar importante en los estudios sobre radicalización porque ofreció una imagen clara y poderosa de cómo algunas personas pasan de la percepción de injusticia a la violencia política. Sin embargo, el contexto en el que fue formulada ha cambiado de manera profunda. La expansión de plataformas digitales, sistemas de recomendación, entornos cifrados, contenidos de formato corto e inteligencia artificial ha alterado los ritmos, mediaciones y formas de socialización que rodean hoy muchos procesos de radicalización, especialmente entre jóvenes. La literatura reciente sugiere que los algoritmos no generan radicalización de manera automática, pero sí pueden intensificar la exposición a contenidos extremos, reforzar sesgos, acelerar la integración en comunidades homogéneas y facilitar trayectorias de implicación más rápidas que las descritas por modelos clásicos. Al mismo tiempo, la evidencia reciente muestra que la radicalización juvenil se ha vuelto una preocupación central en Occidente y que, en algunos casos, el paso desde la exposición inicial hasta la movilización violenta puede producirse en plazos muy reducidos
Este artículo sostiene que la respuesta no pasa por abandonar la escalera de Moghaddam, sino por reformularla desde una perspectiva socio‑técnica y criminológica. Para ello, propone leer el proceso radical a partir de un diálogo entre el modelo clásico y tres marcos criminológicos particularmente útiles: la Teoría General de la Tensión, la Teoría del Aprendizaje Social y la Teoría de la Elección Racional. Esta combinación permite explicar con mayor precisión cómo ciertos agravios y humillaciones generan presión emocional, cómo algunas comunidades digitales facilitan el aprendizaje de definiciones favorables a la violencia y por qué determinados sujetos llegan a percibir la acción extrema como una salida útil o eficaz. Sobre esa base, el trabajo argumenta que la radicalización contemporánea se entiende mejor como una convergencia entre vulnerabilidades previas, ecologías emocionales digitales y arquitecturas algorítmicas que aceleran, refuerzan y reorganizan trayectorias no siempre lineales. Finalmente, se discute la hipótesis de una posible quinta oleada del terrorismo, no como una afirmación cerrada, sino como una mutación potencial caracterizada por atomización, licuación doctrinal, aceleración algorítmica y violencia performativa.
Palabras Clave
Escalera de Moghaddam; radicalización online, teorías criminológicas, ascensor algorítmico, IA
Introducción
Desde hace décadas, una parte importante de la literatura sobre terrorismo ha intentado responder a una pregunta, la cual puede ser aparentemente sencilla, pero extremadamente compleja, siendo ¿cómo se produce el paso desde el agravio, la frustración o el malestar político hasta la aceptación de la violencia como estrategia legítima? Se puede destacar que, la respuesta nunca ha sido lineal. Aun así, algunos modelos han conseguido llegar a ordenar el debate con más eficacia que otros. Entre ellos, se puede destacar la escalera de Moghaddam, la cual ha ocupado una posición destacada, ya que consiguió representar la radicalización como un proceso de selección progresiva. El terrorista no acaba apareciendo allí como una figura esencialmente distinta del resto de la sociedad, sino más bien, como el resultado extremo de una dinámica de estrechamiento de alternativas psicológicas y conductuales. La potencia del modelo ha residido precisamente en eso, siendo en mostrar que la violencia no es una acción de un solo acto, sino más bien, de una sucesión de interpretaciones, frustraciones, desplazamientos y legitimaciones que van reduciendo las salidas percibidas por el individuo (Moghaddam, 2005).
No, el problema es que esa formulación fue pensada en un entorno muy distinto del actual, ya que la radicalización, que Moghaddam tenía en mente esta seguía estando muy vinculada a interacciones presenciales (offline), procesos relativamente prolongados de socialización y organizaciones con mayor o menor consistencia ideológica. Cabe destacar que hoy en día, buena parte del proceso puede desarrollarse en espacios digitales (online), donde la exposición, el refuerzo y la pertenencia se acaban produciendo de forma más rápida, pero también más difusa y, a menudo, menos visible para los departamentos de seguridad e inteligencia. Actualmente, la literatura reciente sobre sistemas inteligentes y radicalización expone que, los algoritmos de recomendación, las dinámicas virales y la personalización conductual pueden favorecer esos recorridos, pero más comprimidos, intensos y encapsulados, y presentando mayor probabilidad en individuos que ya arrastran vulnerabilidades previas o buscan reconocimiento, comunidad y sentido (Kunst et al., 2026). A todo esto, se une la constatación, donde la radicalización juvenil se ha convertido en una preocupación prioritaria. Se destaca el trabajo del Institute for Economics & Peace (2026) en su reporte anual conocido como el “Global Terrorism Index 2026” expone que ha habido un aumento notable de menores y jóvenes en investigaciones vinculadas al terrorismo y describe una reducción drástica de los tiempos de implicación en algunos contextos occidentales.
Dentro de este escenario, es importante destacar, que el objetivo de este artículo no es afirmar que la escalera de Moghaddam haya quedado superada, sino plantear algo más útil, siendo que necesita ser reconfigurada o adaptada a la actualidad. La hipótesis que guía estas páginas es que el modelo clásico conserva valor si deja de leerse como una secuencia rígida y pasa a entenderse como una estructura de restricciones progresivas que, en el contexto contemporáneo, está mediada por plataformas, algoritmos y comunidades digitales. Para sostener esta idea, el artículo adopta un enfoque criminológico y analizando los factores que pueden predisponer en el proceso de radicalización. En lugar de limitarse a una discusión psicológico‑procesual, se propone articular la escalera desde distintas teorías sociológicas y criminológicas, con el fin de explicar mejor cómo los agravios se transforman en presión emocional, cómo la violencia se aprende y se normaliza en comunidades digitales y por qué, en determinados contextos, algunos sujetos perciben la acción extrema como una salida con sentido.
Objetivo del artículo
Proponer una reconfiguración socio‑técnica del modelo de la escalera de Moghaddam que permita explicar de forma más precisa los procesos contemporáneos de radicalización —especialmente juveniles— en ecosistemas digitales mediados por algoritmos, integrando para ello perspectivas y evidencia reciente sobre radicalización en la era de la inteligencia artificial.
Marco Conceptual
Análisis de la escalera de Moghaddam (2005)
La escalera de Moghaddam conserva un núcleo analítico de gran valor en la actualidad. Debido a que sigue siendo útil es su forma de pensar la radicalización no como un atributo de individuos excepcionales, sino como una trayectoria en el tiempo. Esa idea, que hoy puede parecer casi evidente, fue excepcional y necesaria para desplazar la discusión desde explicaciones esencialistas o patologizantes hacia procesos de interpretación, frustración y cierre progresivo. Por ello, se expone que el proceso de radicalización se define en distintos escalones, donde en cada uno de ellos indica un estado de radicalización y vinculación con los objetivos de la organización o ideología.
El “ground floor” del modelo, centrado en la lectura subjetiva de las condiciones materiales y en la percepción de justicia o injusticia, sigue siendo especialmente importante porque recuerda que la radicalización no empieza con la ideología, sino con una determinada forma de vivir y nombrar la experiencia del agravio. A partir de ahí, la escalera describe cómo algunas personas, y no la mayoría, perciben que las vías legítimas están bloqueadas, y por ello, canalizan la agresión hacia un enemigo y terminan adoptando marcos morales que justifican la violencia. Esa lógica general, acaban conservando una potencia explicativa porque articula condiciones estructurales, percepción subjetiva y respuesta conductual en un mismo marco (Moghaddam, 2005).
No es casual que la crítica más sólida al modelo no haya venido por el lado de sus componentes, sino por la secuencia que supuestamente los unía. La revisión de Lygre et al. (2011) concluyeron que buena parte de los procesos y teorías asociados a la escalera cuentan con apoyo empírico, pero que la idea de que esos procesos se suceden necesariamente de forma escalonada y lineal no encuentra la misma validación. Esta observación no destruye el modelo; lo vuelve más modesto y, paradójicamente, más útil. Si la escalera se lee como una representación abstracta del estrechamiento progresivo de alternativas, sigue siendo valiosa. Si se la interpreta como descripción universal del modo en que todas las trayectorias radicales avanzan de un peldaño a otro, se vuelve demasiado rígida. Ese matiz es central para este artículo, porque precisamente ahí se abre el espacio para una reconfiguración que no niegue la intuición original, pero sí añada una variabilidad sobre su sobre determinación secuencial (Lygre et al., 2011).
También es importante reconocer que, aun en su formulación inicial, la escalera ya dialogaba implícitamente con las preocupaciones que la criminología ha desarrollado de manera más sistemática. La base del modelo remite a tensiones, frustraciones y percepción de trato injusto; los peldaños intermedios involucran un aprendizaje de la conducta delictiva, desplazamiento de agresión y desarrollo de marcos justificadores; los niveles superiores tocan de lleno la cuestión de la decisión, la inhibición moral y finalmente, la acción terrorista. Visto así, la escalera no es un modelo encerrado en sí mismo, sino una arquitectura abierta a ser enriquecida desde otras tradiciones teóricas. Lo que faltó, en gran medida, fue hacer explícito ese diálogo. Precisamente eso es lo que este trabajo pretende: mostrar que el modelo gana profundidad si se lo pone en conversación con la teoría criminológica y con el estudio contemporáneo de plataformas y ecologías digitales.
Figura 1
Adaptación de la escalera de Mogghadam (2025) hacia una aceleración algorítmica


El entorno cambió: algoritmos, aceleración y realidad onlife
La principal dificultad ya descrita es que para seguir usando la escalera sin ajustes es que el mundo en el que hoy se producen muchas trayectorias radicales, las cuales poco se parece al que Moghaddam tenía delante cuando formuló su modelo. La literatura reciente sobre IA y radicalización sugiere que los sistemas de recomendación y las arquitecturas de plataforma ya no pueden considerarse simples canales neutros de distribución de propaganda. Kunst et al. (2026) indican que la radicalización en la era de la IA se constituye a través de varias fases —exposición, refuerzo, integración grupal y acción violenta— en las que los algoritmo acaban desarrollando un papel dentro del mismo proceso de radicalización violenta, es decir, estos empujan hacia contenidos más extremos, porque captan la atención, y con ello, consolidando sesgos mediante personalización, generando climas de falso consenso y facilitan la absorción del sujeto en comunidades ideológicamente homogéneas. Es decir, estos no producen extremismo por sí solos, pero sí alteran el medio en el que ese extremismo puede desarrollarse, sobre todo si encuentra vulnerabilidades previas a las que acoplarse (Kunst et al., 2026).
Por otro lado, el Institute for Economics & Peace (2026) revela un aumento de la presencia de menores y jóvenes en investigaciones relacionadas con terrorismo, sino además, destaca una modificación de la temporalidad de la radicalización. Lo que en otros momentos podía imaginarse como un proceso de meses o incluso años, en determinados contextos puede producirse ahora en cuestión de semanas (IET, 2026). Según el Institute for Economics & Peace (2026) los formatos ultracortos, amplificación algorítmica, exposición constante y vulnerabilidades propias del desarrollo juvenil favorecen el proceso de radicalización violenta. Esta compresión temporal no implica que desaparezcan los agravios o los procesos de legitimación moral; implica que pueden encadenarse más deprisa, con menor densidad doctrinal y con mayor protagonismo de entornos digitales de validación inmediata. En otras palabras, los peldaños siguen siendo reconocibles, pero las transiciones entre ellos ya no pueden pensarse del mismo modo (IEP, 2026).
Por otro lado, el concepto de “realidad onlife” expone por qué esta transformación es más profunda de lo que parece a simple vista. Es importante indicar, que el problema no es solo que internet haya ganado un mayor peso en la sociedad o en los procesos de radicalización, sino más bien, que la distinción entre el medio online y el offline se ha vuelto mucho menos nítida. Eso significa que las relaciones, las identidades, los conflictos, los agravios y las formas de pertenencia circulan continuamente entre ambos planos. Dicho de otro modo, la radicalización ya no ocurre únicamente en la red y luego se traduce o traslada a al mundo físico; se despliega, en una hibridación donde lo digital y lo presencial se entrelazan de forma constante y continua. Por lo que esto se destaca para cualquier reformulación de la escalera, ya que obliga a dejar de pensar los peldaños como espacios psicológicos y sobre todo, que están separados de las infraestructuras tecnológicas. En la actualidad, la trayectoria radical de los individuos se produce en una ecología onlife, en la que el sujeto interpreta agravios, recibe refuerzos, aprende marcos y se integra en comunidades a través de una continuidad entre pantalla, entorno social y experiencia cotidiana (Whittaker, 2020; Kunst et al., 2026).
Polarización afectiva, malestar juvenil y nihilismo violento
A la altura del debate actual ya no basta con hablar genéricamente de polarización. Lo que resulta más importante para entender la radicalización es la polarización afectiva, es decir, el modo en que el adversario pasa a ser vivido no solo como alguien con quien se discrepa, sino como un otro esencialmente distinto, moralmente degradado y socialmente rechazable. Además, este elemento favorece la perspectiva del “nosotros contra ellos”. Campos y Federico (2026) exponen una conceptualización tridimensional de este fenómeno a través de othering, aversion y moralization. Esta propuesta permite describir clima emocional en el que determinadas trayectorias radicales llegan a efectuarse. Cuando el otro deja de ser simplemente un rival y se transforma en amenaza ontológica, basura moral o presencia intolerable, es decir, cualquier concepto con connotación negativa hacia el otro, las barreras éticas frente al daño empiezan a erosionarse progresivamente. La polarización afectiva no genera por sí solo terrorismo, pero si llega a generar un marco emocional particularmente fértil para la radicalización,
Ese marco podría aplicarse e intensificarse cuando actúa sobre sujetos jóvenes, los cuales ya experimentan aislamiento, baja integración relacional o una necesidad aguda de significado. Según Ewing y Speckhard (2026) indican que se desplaza el foco desde ideologías cerradas hacia otros factores de riesgo como: trayectorias de alienación, trauma, abandono, desregulación emocional y vacío de sentido; convirtiéndose en un fenómeno de radicalización más caótico y más centrado en la destrucción, la notoriedad o la transgresión. En este contexto, se destaca que el acto violento ya no se legitima solo por adhesión a una gran causa, sino más bien, por la promesa de “existir” en un ecosistema que convierte el daño en un espectáculo y reconocimiento. El nihilismo violento aparece, así como una convergencia entre malestar subjetivo, validación digital y devaluación de la vida propia y ajena (Ewing & Speckhard, 2026).
Por otro lado, el Institute for Economics & Peace (2025), añade los factores adicionales como la búsqueda de identidad, la necesidad de pertenencia, la vulnerabilidad emocional propia del desarrollo, la exposición a propaganda en formatos breves y altamente emocionalizados, y la falta de vínculos protectores sólidos. Desde una lectura criminológica, estos elementos pueden interpretarse como la convergencia entre tensiones estructurales, procesos de aprendizaje social en comunidades digitales y una mayor disponibilidad de marcos de acción violentos que, en contextos de baja supervisión y alta validación online, incrementan la probabilidad de que el individuo perciba la violencia como una salida viable. En este sentido, la emergencia de los actores radicalizados juveniles, estos no representan una ruptura total con modelos previos, sino una reconfiguración del proceso radical bajo condiciones de mayor individualización, aceleración y mediación algorítmica
Sin embargo, esto no justifica una patologización simplista. Se expone que se lleva advirtiendo que la relación entre salud mental y terrorismo no es lineal, y que reducir el extremismo a enfermedad individual resulta científicamente pobre y políticamente problemático (Corner & Gill, 2015; Moghaddam, 2005). En efecto, los estudios sobre actores solitarios y violencia política han mostrado que la presencia de trastornos mentales no constituye ni una condición necesaria, ni suficiente para explicar la implicación en terrorismo, lo que obliga a desplazar el foco hacia procesos más amplios y multidimensionales (Corner & Gill, 2015; IEP, 2025). Lo que sí indica es que ciertos perfiles con historias de negligencia, victimización o debilidad de vínculos protectores pueden ser más vulnerables a comunidades que ofrecen pertenencia rápida, narrativas totalizantes o notoriedad por medio de la violencia (Ewing & Speckhard, 2026; Agnew, 2010; Institute for Economics &Peace, 2025, 2026). En contextos onlife, donde la comunidad digital puede suplir o deformar redes reales de apoyo, esta vulnerabilidad se intensifica, especialmente cuando se combina con dinámicas de polarización afectiva y exposición repetitiva a contenidos extremos (Whittaker, 2020; Kunst et al., 2026). Así, la radicalización juvenil actual se entiende mejor como un ensamblaje de frustraciones, aprendizaje, decisión, ecología emocional y contexto tecnológico que como el producto lineal de una sola gran explicación, en línea con enfoques criminológicos integrados que subrayan la interacción entre factores estructurales, relacionales y situacionales (Agnew, 2010; Akers & Silverman, 2004; Nemeth, 2024).
Discusión
Rapoport (2004) describió el terrorismo y lo clasificó por oleadas, las cuales se destacan por períodos relativamente reconocibles por su gramática dominante, sus repertorios y sus focos de irradiación. La utilidad de esa perspectiva histórica es indudable, pero también tiene límites cuando esta se enfrenta a fenómenos que no encajan cómodamente en doctrinas centralizadas, ni tampoco en geografías claras de propaganda y reclutamiento. Lo que hoy se percibe en algunos contextos occidentales es otra cosa, siendo en este tipo de casos, actores más atomizados, trayectorias más rápidas, comunidades digitales más importantes que muchas estructuras orgánicas clásicas, peso creciente de la juventud y formas de violencia cuya dimensión performativa y estética parece ganar terreno. Es decir, la literatura reciente sobre radicalización en la era de la IA apuntan en esa dirección, al igual que las observaciones emergentes sobre extremismo nihilista juvenil (IEP, 2026; Kunst et al., 2026; Ewing & Speckhard, 2026).
Ahora bien, convertir estos indicios o hechos en una teoría cerrada de quinta oleada sería prematuro e incluso imprudente en este momento. Por lo que lo más prudente y lógico es hablar de una mutación potencial en las formas contemporáneas del extremismo violento. Es decir, esa mutación parecería definirse menos por una nueva gran ideología homogénea y más por una nueva relación entre subjetividad herida, comunidades de aprendizaje digital, aceleración algorítmica y violencia de alta visibilidad. Por un lado, en lugar de doctrinas coherentes y trayectorias largas, e incluso manifiestos de mayor densidad doctrinal o fundamentalismo, encontramos a menudo ensamblajes más frágiles, como pueden ser los agravios difusos, identidades maleables, aprendizaje radical en red, simbolismos ligeros y actos violentos pensados tanto para dañar, como para circular. Si esta tendencia llegara a consolidarse, la noción de “oleada” tendría que pensarse ya no solo en términos ideológicos, sino también en términos socio‑técnicos. Lo decisivo no sería únicamente qué se cree, sino cómo se aprende, cómo se valida y cómo se acelera esa creencia en ecosistemas digitales.
De hecho, se puede destacar el caso Break Chain, el cual permite observar varios de los rasgos descritos. Como indica Heise (2026), era una articulación juvenil apoyada en plataformas digitales y espacios cifrados, con planes violentos y una narrativa política difusa, más cercana a agregaciones de agravio que a doctrinas ideológicas estructuradas (France24, 2026; ICSVE, 2026). Desde luego, no conviene sobrecargar el caso más de lo que permite la evidencia: estamos ante un ejemplo exploratorio, no ante una demostración general. Sin embargo, precisamente por eso es valioso, ya que permite observar cómo ciertas trayectorias contemporáneas pueden avanzar hacia formas de violencia, pero sin llegar a requerir una organización jerárquica, ni una ideología densa. Se destaca una combinación de agravio genérico, deseo de perturbación, comunidad digital y logística distribuida, en línea con formas más atomizadas de radicalización contemporánea (IEP, 2026). Por otro lado, en términos criminológicos, el caso encaja con una lectura donde la tensión juvenil derivado de frustraciones y percepciones de injusticia (Agnew, 2010) se entrelaza y coexisten con procesos de aprendizaje social online (Akers & Silverman, 2004) y con una percepción instrumental de la violencia como mecanismo de visibilización, impacto y reconocimiento (Nemeth, 2024). Desde la perspectiva motivacional, este tipo de trayectorias resulta coherente con el modelo 3N de Kruglanski et al. (2014), donde la búsqueda de significado (need), la construcción de narrativas justificadoras (narrative) y la validación en redes de pares (network) convergen para facilitar la movilización violenta.
Este patrón es consistente, además, con análisis recientes sobre comunidades digitales extremistas de base juvenil. Heise (2026) observa una combinación de socialización online, estética subcultural, simbolismo accesible y narrativas simplificadas de agravio que facilitan procesos de identificación rápida, sin necesidad de requerir una formación ideológica profunda. Es decir, la ideología ya no es relevante para el individuo. Por lo que estos espacios refuerzan dinámicas de pertenencia, validación y visibilidad que encajan con los mecanismos de aprendizaje social, al tiempo que operan como entornos donde la violencia puede adquirir valor expresivo y performativo, más allá de su dimensión estrictamente instrumental (Heise, 2026).
Un elemento simbólico dentro de este fenómeno, es el uso transnacional de la bandera de One Piece (anime japonés) en protestas juveniles asiáticas cumple otra función analítica, más sutil pero igualmente relevante. No se trata de un caso de terrorismo, ni de radicalización violenta en el sentido estricto de la palabra, y sería un error interpretarlo como tal. Su interés reside en mostrar cómo los repertorios políticos juveniles contemporáneos se estructuran cada vez más a través de símbolos ligeros, culturalmente reconocibles dentro del grupo de pertenencia y además, altamente viralizables, los cuales permiten condensar el agravio, un rechazo a la autoridad y aspiraciones de cambio en formas visuales simples y compartibles (France24, 2023). Este fenómeno acaba resultando coherente dentro de la lógica de las ecologías digitales contemporáneas, donde la visibilidad, la identificación y la pertenencia se articulan mediante códigos culturales rápidos y emocionalmente resonantes. En términos teóricos, esto puede leerse como una expresión de cómo la dimensión simbólica de la acción política se ha vuelto más flexible y menos dependiente de ideologías densas, al tiempo que sigue conectando con dinámicas centrales del proceso radicalizador, como la búsqueda de significado (Kruglanski et al., 2014), la construcción de comunidad (Akers & Jennings, 2009) y la amplificación emocional propia de contextos de polarización afectiva (Campos & Federico, 2026).
En consecuencia, el extremismo contemporáneo —y, en particular, sus expresiones juveniles— no puede comprenderse plenamente sin atender a esta transformación en la textura cultural del conflicto, donde la estética, la viralidad y la simplificación simbólica desempeñan un papel cada vez más central en la articulación del concepto y el fenómeno —y eventualmente en la radicalización— de las identidades, en línea con lo observado tanto en casos como Break Chain como en comunidades digitales analizadas en investigaciones recientes (Heise, 2026).
Desde la criminología, esta hipótesis adquiere un matiz especialmente interesante de analizar. Si la radicalización contemporánea combina tensión social, aprendizaje social, elección instrumental y modulación algorítmica, entonces una eventual quinta oleada no debería describirse solo como nueva ideología, sino como nueva configuración criminogénica del extremismo. Lo que cambia no es únicamente el contenido, sino el modo de producción del proceso radical, es decir, produciría tensiones más rápidas e intensas, aprendizaje más distribuido, recompensas simbólicas más inmediatas, decisiones más localmente útiles y plataformas que amplifican todo ello. La hipótesis de una quinta oleada, planteada así, deja de ser un eslogan y se convierte en una agenda de investigación. No afirma que todo haya cambiado completamente, pero sí que las categorías heredadas empiezan a quedarse cortas para describir formas de extremismo más fluidas, más juveniles y más profundamente imbricadas con la cultura digital contemporánea.
Conclusiones
En términos generales, la metáfora de la escalera de Moghaddam sigue teniendo bastante sentido, aunque hoy ya no puede leerse de forma tan literal como en su formulación original. Su principal aporte —la idea de que la radicalización es un proceso gradual donde las alternativas que percibe la persona se van reduciendo— sigue siendo muy útil para entender cómo alguien puede llegar a justificar la violencia. Sin embargo, cuando se observa lo que ha pasado en las últimas décadas, y especialmente en los últimos años, resulta evidente que ese proceso no siempre ocurre de manera ordenada ni lineal. Las trayectorias reales son mucho más desordenadas. Hay casos en los que ciertos “saltos” ocurren de manera abrupta, o donde algunos pasos incluso se omiten. Ya Lygre et al. (2011) advertían que no había evidencia clara de un avance uniforme entre etapas, y estudios más recientes, como Kunst et al. (2026) o el IEP (2026), van incluso más allá al mostrar que los entornos digitales pueden acelerar todo el proceso de forma considerable. En ese contexto, más que descartar el modelo, parece más razonable entenderlo como una guía flexible, una forma de ordenar el fenómeno, pero no como un recorrido fijo que se cumple siempre igual.
Ahora bien, cuando se incorpora una mirada criminológica, el modelo gana bastante profundidad. Por ejemplo, la Teoría General de la Tensión permite poner el foco en algo muy concreto: el malestar. No se trata solo de ideas, sino de experiencias acumuladas de frustración, humillación o injusticia que, en determinados casos, terminan buscando una salida más extrema. A esto se suma el aporte de la Teoría del Aprendizaje Social, que resulta especialmente útil hoy en día. Muchas de estas dinámicas ya no ocurren únicamente en espacios físicos, sino en comunidades digitales donde se comparten relatos, se validan emociones y, en algunos casos, se normaliza la violencia. La repetición, la imitación y el refuerzo simbólico juegan aquí un papel clave. Por último, la Teoría de la Elección Racional introduce un elemento que a veces se pasa por alto: la idea de que algunos individuos no actúan solo por impulso, sino que hacen una especie de cálculo —aunque sea parcial o sesgado— donde la violencia aparece como una opción posible, sobre todo cuando perciben que otras vías no funcionan. Lo interesante es que estas teorías no reemplazan a Moghaddam, sino que permiten entender mejor qué ocurre dentro de esa “escalera”. En conjunto, ayudan a ver la radicalización como un proceso complejo, donde se cruzan emociones, aprendizajes y decisiones en contextos muy específicos. Y cuando a eso se le suma el entorno digital —lo que algunos autores llaman el espacio “onlife”—, el análisis se vuelve todavía más completo.
A partir de esto, la discusión sobre una posible quinta oleada del terrorismo se vuelve inevitable. No es algo que pueda afirmarse con total certeza todavía, pero tampoco es algo que se pueda descartar sin más. Hay varios elementos que llaman la atención: una mayor presencia de actores solitarios, perfiles cada vez más jóvenes en algunos casos, procesos de radicalización más rápidos, ideologías menos estructuradas y un uso intensivo de plataformas digitales donde la violencia no solo se ejerce, sino que también se muestra. Todo esto sugiere que algo está cambiando, aunque quizás todavía no esté lo suficientemente consolidado como para hablar de una “oleada” en el sentido clásico de Rapoport. Si ese cambio terminara por consolidarse, probablemente no respondería a una única ideología dominante, sino a una mezcla de factores más difusos: experiencias personales de agravio, dinámicas de aprendizaje online, efectos de amplificación algorítmica y una búsqueda de visibilidad. En ese sentido, el foco ya no puede estar solo en lo que los individuos creen, sino en cómo llegan a creerlo, con quién interactúan, qué consumen y cómo las plataformas influyen en todo ese proceso.
Por último, todo esto tiene consecuencias bastante claras en términos de prevención. Si la radicalización actual es el resultado de múltiples factores que se cruzan —emocionales, sociales, racionales y tecnológicos—, entonces las respuestas no pueden limitarse únicamente a la vigilancia o al control. Eso es solo una parte del problema. También es necesario intervenir en aspectos como el malestar juvenil, el aislamiento social o la falta de espacios de reconocimiento. Del mismo modo, la alfabetización digital pasa a ser clave, así como la discusión sobre el papel que juegan los algoritmos en amplificar ciertos contenidos. Desde la criminología, esto no debería sorprender demasiado: hace tiempo que se insiste en que la violencia no surge de la nada, sino de la interacción entre individuos y contextos. Lo interesante aquí es que ese contexto ha cambiado radicalmente. Por eso, volver a pensar la escalera de Moghaddam desde esta perspectiva no es solo un ejercicio teórico, sino una forma de adaptarla a un escenario que es mucho más complejo que el de hace veinte años.
Referencias
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