
IRÁN Y EL EJE DE LA RESISTENCIA TRAS LA GUERRA DE 2026:
FRAGMENTACIÓN, AUTONOMÍA DE LOS PROXIES Y ESCENARIOS PROSPECTIVOS
Cristian Rodriguez (Marzo 2026), México
Resumen ejecutivo
La guerra iniciada a fines de febrero de 2026 entre Estados Unidos, Israel e Irán ha provocado una disrupción estructural en el equilibrio de seguridad de Oriente Medio y ha puesto en crisis el modelo de disuasión asimétrica iraní basado en el uso de actores proxy. La eliminación del líder supremo Ali Jamenei, la degradación severa de las capacidades militares convencionales de Irán y la destrucción de nodos críticos de mando y control han reducido significativamente la capacidad de Teherán para coordinar y dirigir de forma centralizada al denominado Eje de la Resistencia.
En este nuevo contexto, los principales aliados regionales de Irán —Hezbolá en Líbano, las milicias chiíes iraquíes, los hutíes en Yemen y, en menor medida, Hamás— continúan siendo actores relevantes, pero operan crecientemente bajo lógicas autónomas, priorizando intereses locales, cálculos de supervivencia política y costos internos, más que una estrategia regional dictada desde Teherán. La fragmentación del eje no implica su colapso inmediato, sino su transformación en un ecosistema descentralizado de conflictos paralelos, con menor coherencia estratégica y mayor riesgo de escaladas no controladas.
Paralelamente, Irán ha compensado su debilitamiento militar recurriendo a herramientas de coerción no convencionales, especialmente el cierre de facto del Estrecho de Ormuz, generando un shock energético global y trasladando los costos del conflicto al sistema económico internacional. Esta estrategia busca presionar a actores externos, erosionar la cohesión occidental y forzar un desenlace negociado antes de que las tensiones internas —económicas, sociales y políticas— comprometan la estabilidad del régimen.
El informe analiza en detalle la situación interna de Irán, la evolución operacional de cada proxy clave y la interacción entre degradación militar, crisis de liderazgo y presión socioeconómica. A partir de estas dinámicas, se desarrollan tres escenarios prospectivos para el periodo 2026–2028: (1) una escalada fragmentada persistente de baja intensidad; (2) una recomposición parcial del eje bajo un liderazgo reforzado del IRGC; y (3) una erosión estratégica del modelo proxy con autonomía plena de las milicias. En conjunto, el estudio concluye que la actual fase del conflicto marca el fin de la disuasión iraní centralizada y el inicio de una etapa de amenazas más difusas, menos predecibles y potencialmente más difíciles de contener para la seguridad regional e internacional.
Introducción y contexto general
El conflicto armado que estalló el 28 de febrero de 2026 tras años de tensiones acumuladas ha trastocado la geopolítica de Oriente Medio. Ese día, fuerzas combinadas de Estados Unidos e Israel lanzaron operaciones militares —Epic Fury y Roaring Lion— contra objetivos clave en Irán, logrando eliminar a la cúspide del liderazgo iraní, incluido el Líder Supremo Ayatolá Ali Jamenei, así como a altos mandos militares del IRGC. Estos golpes iniciales destruyeron o dañaron seriamente infraestructura crítica (bases de misiles, plantas nucleares, sistemas de defensa aérea, cuarteles de la Guardia Revolucionaria). En las primeras 48 horas, más de 2.000 blancos militares y de liderazgo iraníes fueron atacados, agotando aproximadamente la mitad del arsenal misilístico de Teherán. La decapitación del liderazgo iraní y la destrucción de sus nodos de mando tuvieron un efecto inmediato en la estructura de control sobre los grupos armados aliados de Irán.
Como represalia, Irán disparó centenares de misiles balísticos y drones de ataque contra Israel y bases de EE. UU. en la región, a la vez que anunció el cierre efectivo del Estrecho de Ormuz a buques de países “enemigos”. Esta cierre de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo global, desató un shock energético: los precios internacionales del crudo se dispararon hacia los 100 dólares por barril (con analistas advirtiendo posibles alzas hasta 150–200 USD/barril de prolongarse la crisis). En el punto más alto de la crisis, el tráfico de petroleros por Ormuz cayó un 94% en 24 horas, creando un grave cuello de botella en el suministro energético mundial. Esto ha provocado tensión inflacionaria global, evidenciando la capacidad de Teherán de utilizar la geoeconomía como arma estratégica incluso mientras es atacado militarmente.
Paralelamente, la propia situación interna de Irán en marzo de 2026 es extremadamente frágil. La muerte de Jamenei generó una crisis de sucesión: su hijo Mojtaba fue designado nuevo Líder Supremo por la Asamblea de Expertos, pero enfrenta cuestionamientos internos y la amenaza declarada de EE. UU. e Israel de ser «el próximo objetivo». Mientras un Consejo de Liderazgo interino manejaba el país por días, el IRGC aprovechó para concentrar poder en la toma de decisiones estratégicas bajo mandos duros. La coordinación centralizada de antaño se ha resquebrajado: unidades de misiles del IRGC han actuado de forma autónoma en sus contraataques, sin esperar aprobación política. Previamente, la República Islámica ya venía enfrentando protestas internas masivas en 2025 por la crisis económica (devaluación del rial, inflación galopante) y demandas de reformas políticas. La represión fue severa —según Amnistía Internacional, entre 7.000 y 43.000 manifestantes murieron para enero de 2026 durante la oleada de protestas, la más sangrienta desde 1979— pero las tensiones sociales persisten. En este contexto, el régimen de Teherán ha utilizado tradicionalmente los conflictos externos para “externalizar” las tensiones internas, apelando al nacionalismo y la amenaza exterior para cohesionar a sus bases y justificar medidas de seguridad excepcionales. No obstante, una guerra prolongada con potencias extranjeras también aumenta la fatiga y los costos internos, pudiendo agravar el descontento popular si la economía se deteriora aún más.
Frente a esta combinación de debilitamiento militar, incertidumbre política y presión económico-social, Irán ha redoblado su estrategia asimétrica tradicional: la activación de sus aliados regionales o proxies. Desde la Revolución Islámica de 1979, Teherán forjó alianzas con milicias y movimientos afines en el mundo árabe como mecanismo de guerra subsidiaria (proxy war) contra sus rivales. A través de la Fuerza Quds del IRGC y con enormes inversiones estimadas en más de 16.000 millones de dólares durante cuatro décadas, Irán articuló un bloque informal —el autodenominado «Eje de la Resistencia»— integrado por actores estatales y no estatales: Hezbolá en Líbano, una constelación de milicias chiíes iraquíes (encuadradas en las Unidades de Movilización Popular, o Hashd al-Shaabi), los hutíes (Ansar Alá) en Yemen, Hamás y la Yihad Islámica Palestina en Gaza, y en su momento el régimen sirio de Bashar al Asad como “pilar” estatal. Este eje —alimentado por lazos ideológicos (la defensa del chiísmo y la oposición a Occidente e Israel), entrenamiento militar y un flujo sostenido de armas y fondos desde Irán— ha sido el principal instrumento de disuasión estratégica asimétrica de Teherán. En esencia, permitió a Irán proyectar poder y amenaza sobre sus adversarios (Israel, Arabia Saudí, EE. UU.) manteniendo “plausible deniability” (negación plausible) al delegar la confrontación directa en estos aliados regionales.
Sin embargo, la actual guerra abierta ha puesto de relieve las debilidades y fracturas de este modelo proxy. Los golpes sufridos por Irán y sus socios desde 2024 —desde la eliminación de líderes clave (Qasem Soleimani en 2020; Hassan Nasralá en 2024, por ejemplo) hasta la pérdida del régimen sirio que servía de corredor logístico— han erosionado los cimientos de la red de aliados de Teherán. Los proxies iraníes ya no operan como un bloque monolítico: la capacidad de Teherán para dirigirlos se ha visto sumamente mermada tras la destrucción de infraestructura de comunicaciones y centros de mando del IRGC. Consecuentemente, cada grupo actúa crecientemente por cuenta propia, atendiendo a sus intereses locales particulares más que a una estrategia coordinada global. En palabras de un reciente informe, “los grupos constituyentes [del eje] están tomando decisiones autónomas por primera vez en su historia operativa”. Algunos proxies han escalado más allá de lo que Teherán hubiese ordenado, mientras que otros permanecen inactivos o reticentes a obedecer llamados iraníes. Esta evolución no implica la desaparición inmediata del Eje —que aún comparte una base ideológica antiisraelí y antioccidental—, sino su mutación hacia un ecosistema de conflictos paralelos donde la coordinación central es baja y la autonomía táctica es alta.
En las secciones siguientes se analizará la situación particular de cada uno de los principales proxies de Irán, seguida de un ejercicio de prospectiva con posibles escenarios de evolución hasta 2028. La información se basa en fuentes de acceso público contrastadas: informes del Institute for Economics & Peace (GTI 2026 y suplemento especial sobre la guerra de Irán), análisis de think tanks (Stimson Center, Washington Institute, Chatham House, American Enterprise Institute, Soufan Center, etc.) y reportes de prensa internacional (Foreign Policy, The Guardian, Reuters, DW, Al Jazeera, AP, entre otros).
Situación de Irán en marzo de 2026: vulnerabilidad y estrategia
Degradación militar: Tras tres semanas de conflicto, Irán ha sufrido el mayor golpe militar de su historia reciente. Los ataques masivos de EE. UU. e Israel han diezmado sus fuerzas convencionales y capacidad ofensiva. Fuentes occidentales estiman que al menos un 50% de su arsenal de misiles balísticos fue destruido en los primeros días, junto a instalaciones nucleares (Natanz, Fordow y Isfahán) y puestos de mando del IRGC. La Fuerza Aérea israelí afirma haber destruido en junio de 2025 más de 50% de los misiles de Irán en bombardeos preventivos, preludio de la ofensiva de 2026. A esto se suma la actual campaña de decapitación de líderes: además de Jamenei, han muerto altos mandos como el general Abdol Rahim Musavi (Jefe del Estado Mayor Conjunto) y el comandante Mohammad Pakpour (fuerzas terrestres IRGC), entre otros. Esta “poda” estructural ha colapsado el paradigma clásico de disuasión de Irán basado en la amenaza de respuesta militar convencional. Las operaciones conjuntas han demostrado que formas tradicionales de represalia iraní (misiles de alcance medio) pueden ser neutralizadas con contundencia. Como consecuencia, Teherán se apoya ahora más que nunca en la guerra irregular: sus proxies, el sabotaje, la coerción económica y potencialmente ciberataques, para infligir costos a sus adversarios.
Crisis de liderazgo y auge del IRGC: La muerte de Jamenei el 28 de febrero no solo fue un golpe simbólico, sino que decapitó el centro unificador de la cadena de mando del eje pro-iraní. Durante 37 años en el poder, Jamenei fue el árbitro final que coordinaba la estrategia con las milicias aliadas. Su desaparición y la subsiguiente transición acelerada (nombramiento de Mojtaba Jamenei como sucesor) han generado vacíos y pugnas internas. Informes de inteligencia sugieren que, en el periodo inmediatamente posterior, el IRGC asumió un rol preponderante en las decisiones de seguridad, con sus comandantes (especialmente de la Fuerza Quds) operando bajo reglas propias para asegurar la supervivencia del régimen. En este entorno, se ha observado una reducción de la coordinación entre Teherán y sus proxies, lo que ha redundado en respuestas más erráticas: misiles y drones lanzados sin una estrategia unificada clara, pausas y ofensivas no sincronizadas entre las milicias aliadas, etcétera. La cadena de comunicación segura con líderes de Hezbolá, hutíes y milicias iraquíes quedó afectada por la destrucción de infraestructura de telecomunicaciones iraní en los primeros bombardeos israelíes. Además, la muerte de altos oficiales de enlace del IRGC (por ejemplo, Daoud Ali Zadeh, encargado de coordinar con Hezbolá, fallecido en Teherán) interrumpió relaciones personales clave para la gestión de los proxies. Un análisis del American Enterprise Institute describió este fenómeno como “un silencio ensordecedor de los proxies de Irán” en las primeras semanas, al quedar desorientados y sin órdenes claras. Si bien con el paso de los días las milicias han retomado sus operaciones, lo han hecho de forma semi-autónoma, con menor coordinación vertical. En paralelo, Mojtaba Jamenei —quien mantiene estrechos lazos con la cúpula de seguridad— ha adoptado un discurso maximalista antiestadounidense e antiisraelí para consolidar apoyo interno. Esto sugiere que facciones halcones (radicales) del IRGC podrían haber ganado mayor influencia en la conducción de la guerra y en el manejo de las relaciones con los aliados no estatales. Un riesgo latente es que diferentes facciones del IRGC compitan por controlar a distintos proxies —en especial si Mojtaba no logra afianzarse—, lo cual ahondaría la fragmentación y podría desencadenar conflictos entre milicias supuestamente aliadas.
Presión económica y cohesión interna: Irán entró a la guerra ya debilitado económicamente por sanciones y disturbios. En 2025–26, la inflación se disparó y el rial cayó a mínimos históricos (1,4 millones IRR/USD a finales de 2025). El retorno de sanciones de la ONU en 2025 (tras el colapso definitivo del acuerdo nuclear, JCPOA) agravó la contracción económica, encendiendo protestas masivas en diciembre de 2025 —las mayores desde 1979— que fueron respondidas con mano dura por el régimen, causando miles de muertos. Estos factores internos limitan la libertad de acción de Teherán: por un lado, el Gobierno busca proyectar fuerza en el exterior para avivar el nacionalismo y distraer la atención de las penurias internas; por otro, debe evitar sobrepasar cierto umbral de conflicto que precipite un colapso económico total o genere una reacción popular incontrolable. Este delicado equilibrio se refleja en la estrategia iraní actual: responder con asimetría calibrada (ataques indirectos, sabotajes, chantaje energético), pero sin provocar una guerra terrestre total con Israel/EE. UU. en su propio territorio, lo que sería devastador. La apuesta de Teherán es resistir el embate externo el tiempo suficiente hasta provocar divisiones en la comunidad internacional (ya se perciben tensiones en la unidad occidental frente al conflicto) y presionar para un alto el fuego antes de un colapso interno. No obstante, si el régimen se siente acorralado existencialmente, podría volverse aún más impredecible y autorizar acciones extremas de sus proxies sin medir las consecuencias, incrementando exponencialmente el riesgo regional.
Ormuz y coerción global: Una pieza central de la estrategia iraní actual es el empleo del Estrecho de Ormuz como palanca de presión internacional. Desde el inicio de la guerra, Teherán bloquea selectivamente el tránsito marítimo: ha advertido que solo permitirá el paso de buques de países “no hostiles”, afectando aproximadamente a 150 embarcaciones diarias de crudo y gas natural que atraviesan el estrecho. En la práctica, para el 13 de marzo el tráfico colapsó: más de 150 petroleros y gaseros quedaron anclados en espera y la navegación por Ormuz se detuvo por completo tras ataques a tres buques comerciales. Como resultado, el precio del petróleo Brent subió alrededor del 35% en cuestión de días, alcanzando máximos desde 2012, mientras los mercados de gas europeo repuntaron un 41% tras ataques a infraestructuras energéticas en Catar y Arabia Saudí. Este chantaje energético persigue varios objetivos iraníes: desgastar económicamente a Occidente (más inflación y riesgo de recesión), presionar a países asiáticos para que moderen su apoyo a las operaciones de EE. UU./Israel (por temor a la escasez de hidrocarburos) y demostrar que una guerra contra Irán tendrá efectos globales catastróficos más allá del teatro de operaciones inmediato.
Aunque EE. UU. ha propuesto escoltas navales para los buques en Ormuz, resulta inviable proteger a decenas de barcos simultáneamente, y muchos armadores rehúsan arriesgar sus flotas mientras continúe la amenaza iraní. La crisis de Ormuz también se coordina con la postura de otros proxies: los hutíes en Yemen han amenazado con reanudar los ataques en el Mar Rojo y el estrecho de Bab el Mandeb si el conflicto escala, cerrando así la otra gran ruta de transporte petrolero regional. Todavía en noviembre de 2025 los hutíes habían declarado una “suspensión condicionada” de sus ataques a la navegación para dar oportunidad a negociaciones de paz en Yemen; pero esa pausa pende de un hilo. La ONU advirtió en enero de 2026 que, pese a la ausencia de incidentes recientes, la amenaza a la navegación en el Mar Rojo sigue siendo “latente y estructural” mientras los hutíes conserven armamento avanzado. En suma, el uso de Ormuz como arma de coerción destaca la determinación de Irán de trasladar el costo de la guerra al resto del mundo para forzar un desenlace favorable, incluso cuando su capacidad militar convencional se reduce.
Dinámica de los grupos proxy de Irán en la coyuntura actual (2025–2026)
Tras el inicio de la guerra abierta, los diferentes elementos del llamado «Eje de la Resistencia» han respondido de manera desigual, evidenciando tanto su resiliencia como las crecientes fisuras en su cohesión. A continuación, se analiza la situación de los principales proxies de Irán en marzo de 2026.
Hezbolá (Líbano)
El partido-milicia chií libanés, considerado el proxy más poderoso y emblemático de Irán, se encuentra bajo una enorme presión militar y política. Hezbolá ha reanudado las hostilidades contra Israel en la frontera norte tras el estallido de la guerra, lanzando desde marzo oleadas de cohetes y drones contra posiciones israelíes. El 1 y 2 de marzo, por ejemplo, Hezbolá disparó alrededor de 200 cohetes y varios drones kamikaze hacia el norte de Israel en represalia por la muerte de Jamenei, en el mayor bombardeo transfronterizo desde 2006. Esto obligó a Israel a activar su sistema «Cúpula de Hierro» en múltiples frentes y a responder con más de 70 bombardeos de represalia en el sur del Líbano en pocos días. El 16 de marzo, el ejército israelí incluso lanzó una ofensiva terrestre limitada en el sur del Líbano (unos 100.000 soldados de varias divisiones) para desalojar a Hezbolá de la franja fronteriza hasta el río Litani. Esta ampliación del conflicto ha causado ya más de 1.000 libaneses muertos y un millón de desplazados internos en tres semanas, un impacto devastador para un país de apenas 6 millones de habitantes.
Pese a esta escalada, Hezbolá parece mantener una estrategia de “presión calibrada” más que de guerra total. Sus ataques, aunque intensos, han sido de intensidad inferior a sus capacidades máximas; la organización aún evita emplear todo su arsenal (estimado antes de la guerra en unos 150.000 cohetes y misiles de diverso alcance). Fuentes militares estadounidenses señalan que Hezbolá habría perdido hasta dos tercios de su poderío militar entre 2024 y 2025 debido a las campañas israelíes. En particular, la campaña del Líbano de 2024 (tras el asesinato de Nasralá) eliminó a gran parte de sus comandantes y destruyó infraestructuras clave, obligando a Hezbolá a replegarse al norte del río Litani por exigencia de un alto el fuego mediado por EE. UU. Luego, la caída del régimen de Al Asad en Siria en diciembre de 2024 privó a la milicia de su principal corredor logístico terrestre para el suministro de cohetes y municiones. El resultado es que, al iniciarse la guerra de 2026, Hezbolá estaba significativamente debilitado: contaba con tan solo 40–50 mil combatientes activos (de 100 mil antes), su jefe militar histórico (Nasralá) había sido eliminado, y su arsenal se había reducido drásticamente. No obstante, seguía recibiendo financiamiento masivo desde Teherán (700 millones USD anuales) para reconstituirse, e incluso bajo bombardeo en 2025 logró conservar un tercio de su poder de fuego original gracias al desarrollo de drones y misiles de fabricación local supervisados por el IRGC.
Hoy, Hezbolá libra un doble juego de supervivencia: hostigar a Israel para cumplir con su papel regional, pero evitar una confrontación total que podría ser existencial para Líbano y para la propia organización. Su secretario general interino, jeque Naim Qassem (sucesor de Nasralá), ha prometido «defender cada centímetro del territorio libanés» frente a la incursión israelí, lo que indica que Hezbolá enmarca su participación como defensiva y nacionalista para mantener la legitimidad interna. Sin embargo, el costo interno es creciente: el Gobierno libanés, encabezado por el primer ministro Nawaf Salam, declaró ilegales las actividades militares de Hezbolá el 2 de marzo y exigió su desarme inmediato, una postura sin precedentes que refleja la impaciencia de amplios sectores libaneses con la milicia. Incluso dentro de la comunidad chií (tradicional base social de Hezbolá) se reportan críticas inusualmente abiertas al grupo, ante la devastación que el conflicto está provocando en el sur del Líbano. Hezbolá, consciente de su desgaste local, ha intentado limitar las bajas civiles en el Líbano y presenta sus ataques como reacción obligada al asesinato de Jamenei. Su objetivo estratégico parece ser conservar presencia disuasiva (mantener a Israel combatiendo en dos frentes) pero sin arrastrar al Líbano a una destrucción total. Funcionalmente, Hezbolá opera más como “freno disuasivo” para Israel que como actor ofensivo decisivo en este momento, pues no tiene capacidad de derrotar militarmente al Tsahal y arriesga perder lo que le queda de apoyo interno si sobrepasa ciertos límites.
Un aspecto notable es la creciente subordinación directa de Hezbolá al IRGC en este contexto. Analistas señalan que oficiales iraníes en el Líbano están copiloteando las operaciones militares de Hezbolá durante la guerra, eliminando cualquier separación significativa entre la cúpula del IRGC y la estructura de mando de la milicia. Esto sugiere que, pese a las dificultades de comunicación, Irán ha tratado de asegurar control sobre Hezbolá mediante la presencia física de sus cuadros (lo cual es lógico dado que las comunicaciones cifradas de largo alcance fueron interrumpidas). No obstante, esta intervención iraní en el terreno también acentúa la naturaleza existencial de la batalla para Hezbolá: la milicia fue “creada para defender al régimen iraní en momentos de crisis”, y está cumpliendo ese rol aun a riesgo de sacrificar el bienestar de su propia comunidad en el Líbano. En síntesis, Hezbolá continúa siendo el proxy más estratégico de Irán pero también el más golpeado y comprometido: mantiene la frontera norte de Israel en llamas para aliviar la presión sobre Teherán, pero su margen de maniobra se reduce por la devastación interna y la pérdida de liderazgo.
Milicias chiíes en Irak (Fuerzas de Movilización Popular, Hashd al-Shaabi)
El teatro más dinámico y volátil es Irak, donde múltiples milicias pro-iraníes operan con agendas a veces divergentes. Integradas formalmente en las Fuerzas de Movilización Popular (FMP) desde 2016, estas milicias hashd suman al menos 160.000 combatientes repartidos en ~67 facciones, algunas de las cuales ejercen un poder político significativo. Desde el inicio de la guerra, un subconjunto de estas milicias —especialmente las más ideológicamente alineadas con Teherán, como Kataib Hezbolá, Asaib Ahl al-Haq o Harakat Hezbollah al-Nujaba— han intensificado ataques de hostigamiento contra intereses estadounidenses en la región. Bajo la bandera de la “Resistencia Islámica en Irak”, estas facciones reivindicaron en la primera semana 29 ataques con drones contra bases de EE. UU. (en Ain al Asad, Erbil, Bagdad, etc.), y el 21 de marzo lograron lanzar 21 ataques en 24 horas contra instalaciones de EE. UU. en Irak y Siria. Asimismo, han apuntado a infraestructura energética (oleoductos en el norte de Irak) y objetivos ligados a adversarios de Irán (p. ej., grupos kurdos opositores). Estos golpes evidencian capacidad de coordinación táctica entre las milicias iraquíes y el IRGC: muchas utilizan armamento y drones suministrados por Irán. Sin embargo, su comportamiento general revela señales contradictorias de autonomía: pese a los ataques, no se ha observado una movilización masiva de todas las milicias iraquíes en defensa de Irán. De hecho, Reuters informó que la mayoría de las facciones en Irak han permanecido en relativa espera, sin “órdenes directas” claras desde Teherán en los primeros días. Milicianos entrevistados señalan que es probable que solo 2 o 3 de los grupos más leales entren en combate total si Irán lo ordena, mientras otros “cada vez miran más por sus propios intereses” nacionales.
Varios factores explican esta respuesta dispar en Irak. Primero, la integración de muchas milicias en el sistema político-económico iraquí ha moderado su apetito por el riesgo: sus líderes, ahora funcionarios o empresarios enriquecidos tras la guerra contra ISIS (2014–2017), temen perder privilegios adquiridos si Iraq es arrastrado al caos. Segundo, la erosión de la influencia iraní unificada: la muerte de Qasem Soleimani en 2020 dejó sin un coordinador carismático a estas milicias; su reemplazo, Esmail Qaani, carece del prestigio necesario para disciplinar a comandantes locales poderosos. Además, la pérdida de Siria como retaguardia logística (vía por donde fluían armas hacia Irak) y los golpes a depósitos en la frontera sirio-iraquí han reducido la capacidad de Teherán de sostener armamentísticamente a sus aliados iraquíes. Tercero, muchas de estas milicias tienen ahora intereses primordialmente locales: Kataib Hezbolá y sus pares buscan afianzar su influencia en el parlamento (donde partidos pro-iraníes ganaron 119 escaños en 2025) y condicionar la política del gobierno de Bagdad a su favor. De hecho, la nominación a inicios de 2026 del ex-primer ministro Nouri al-Maliki —considerado pro-iraní— fue resultado de su peso político, aunque EE. UU. se opuso rotundamente.
La ofensiva de proxies iraquíes ha sido por momentos oportunista y no siempre coordinada. Algunas facciones declararon “pausas tácticas” temporales en sus ataques con cohetes tras los primeros días, mientras otras continuaban lanzando drones, evidenciando fisuras en el mando único. A inicios de marzo, EE. UU. efectuó bombardeos selectivos contra depósitos de armas de estas milicias para disuadirlas, causando bajas limitadas (10 muertos según ACLED); pero el efecto fue modesto y los ataques continuaron. Esta dinámica refleja que Teherán ya no controla plenamente a sus milicias en Irak, las cuales actúan según un cálculo propio: aprovechar la guerra para consolidar su poder interno en Irak como “campeones de la resistencia antiestadounidense”, independientemente de si sus acciones benefician o perjudican la estrategia iraní global. Un claro ejemplo fue la decisión del gobierno de Bagdad de declarar fuerza mayor y suspender operaciones en los campos petrolíferos extranjeros el 21 de marzo, en parte por riesgo de ataques iraníes, pero también bajo presión de las milicias chiíes para reafirmar soberanía económica. Esta medida, que iba más allá de los deseos de Teherán, mostró que algunas facciones iraquíes están dispuestas a sobrepasar la línea con tal de afianzar su narrativa antiimperialista local, aunque ello incremente el riesgo de represalias que el propio Irán podría haber preferido evitar.
En contraste, otras milicias iraquíes han mostrado prudencia o pasividad, centradas en resguardar sus feudos políticos y económicos en vez de lanzarse a una guerra a gran escala contra EE. UU. /Israel. Este comportamiento heterogéneo dentro de las FMP indica que la “palanca” iraní en Iraq se ha debilitado: las lealtades a Teherán son ahora menos automáticas y están mediadas por cálculos de costo-beneficio propios de cada grupo. Si la guerra se prolonga o si se percibe un ataque «existencial», por ejemplo, un intento de un cambio de régimen en Teherán, es posible que más milicias se activen plenamente —observadores advierten que, de radicalizarse la lucha o si hay ofensivas anti-chiíes, “todas las apuestas se cancelan” y muchas facciones podrían lanzarse a combatir—. Pero en el escenario actual (golpes limitados e incertidumbre en Teherán), muchos prefieren conservar sus fuerzas y status quo hasta ver cómo evoluciona la situación.
Hutíes (Ansar Alá, Yemen)
Los rebeldes hutíes, aliados de Irán en Yemen, representan un vector de disuasión regional global gracias a su capacidad de amenazar rutas marítimas estratégicas. En 2021–2023, los hutíes lanzaron numerosos ataques contra petroleros y buques de carga en el Mar Rojo (empleando misiles de crucero, drones suicidas e incluso minas navales), interrumpiendo el tránsito en el estrecho de Bab el Mandeb e impactando el comercio global. Asimismo, en 2023–2024 dispararon repetidamente misiles balísticos y drones hacia territorio saudí y emiratí, y ya en 2025 demostraron alcance hasta Israel: durante la breve guerra de junio de 2025, los hutíes lanzaron al menos 125 drones y misiles contra Israel, obligando a reforzar la defensa antiaérea en Eilat. Esta amenaza marítima y aérea convirtió a los hutíes en uno de los proxies más estratégicos para Irán, al permitirle castigar a sus enemigos a distancia sin implicación directa.
Sin embargo, desde finales de 2025 los hutíes mantienen una “tregua condicional”. En noviembre de 2025 anunciaron la suspensión de ataques en el Mar Rojo vinculada a un incipiente proceso de paz con Arabia Saudí para poner fin a la guerra de Yemen. A cambio, EE. UU. pausó sus operativos contra objetivos hutíes, creando una frágil distensión. Cuando estalló la guerra Irán-EE. UU.-Israel en febrero de 2026, muchos analistas anticipaban que los hutíes romperían la pausa para apoyar a Teherán atacando de nuevo buques y maybe objetivos israelíes. Sorprendentemente, hasta finales de marzo no se han registrado nuevos ataques hutíes significativos en el Mar Rojo. Fuentes de inteligencia navales calificaron esto como “el misterio de la ausencia de ataques hutíes tres semanas después del inicio de la guerra”.
Varios factores explican esta contención inusual:
Proceso de paz en curso con Arabia Saudí: Los hutíes llevan meses negociando con Riad un acuerdo que podría consolidarles en el poder en el norte de Yemen. Reanudar ataques arriesgaría un retorno a la guerra directa con la coalición liderada por Arabia Saudí, algo que Ansar Alá busca evitar mientras afianza su control sobre una población de 20 millones en Yemen controlado. Esta prioridad local (estatal) pesa más que la solidaridad ideológica con Teherán.
Independencia financiera y militar: A diferencia de Hezbolá, los hutíes no dependen totalmente del financiamiento iraní. Controlan puertos clave (Hodeida) y recaudan aproximadamente 1.800 millones USD al año en impuestos aduaneros y tributos internos, lo que les permite sostenerse sin ayuda externa importante. Además, tras años de conflicto han desarrollado capacidades autóctonas: fabrican ciertos misiles y drones localmente y han establecido rutas propias de contrabando de armas vía el Cuerno de África. Esta autosuficiencia implica que su lealtad a Irán es más pragmática que dependiente; son “socios voluntarios” más que simples peones, según el Consejo de Relaciones Exteriores de EE. UU.
Cálculo estratégico diferenciado: Los líderes hutíes evalúan los pros y contras de involucrarse. Halcones dentro del movimiento abogan por enfrentar a EE. UU. e Israel por deber ideológico y para restaurar la disuasión (demostrar que pueden golpear de vuelta). Sin embargo, la facción pragmática pesa los riesgos considerables: saben por experiencia que, si atacan, enfrentan la furia de las potentes armadas de EE. UU./OTAN y de Israel, y que podrían descarrilar el acercamiento con Riyadh. Por ahora, esta visión cauta parece prevalecer. De hecho, se observó que Irán no forzó la mano de los hutíes dado su silencio hasta marzo, lo que sugiere que Teherán no desea abrir otro frente incontrolable mientras gestiona las crisis en su propio territorio, el Golfo e Irak.
A pesar de la actual moderación, la amenaza hutí sigue latente. Sus portavoces han dejado claro que si el conflicto escala o “las circunstancias lo exigen”, reanudarán inmediatamente las operaciones ofensivas. En particular, podrían apuntar a vulnerar el tráfico por Bab el Mandeb y el sur del Mar Rojo, atacando buques comerciales (petroleros, portacontenedores) que se ven obligados a usar esa ruta alterna debido al cierre de Ormuz. Esto complementaría la coerción iraní: con Ormuz bloqueado en el Golfo Pérsico, los hutíes pueden bloquear la válvula de escape en el Mar Rojo, exacerbando la crisis energética global. Dado que ya en 2021 un solo ataque hutí logró detener temporalmente a un 10% de la producción mundial de petróleo (sabotaje a Abqaiq, Arabia Saudí), Occidente y la ONU siguen de cerca cualquier movimiento en Yemen. El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó en enero de 2026 la resolución 2812, que extiende la vigilancia sobre los ataques hutíes en el Mar Rojo, insistiendo en que la amenaza “sigue siendo extremadamente volátil” pese a la pausa actual y urgiendo a todos los Estados a cumplir el embargo de armas a los hutíes. En resumen, los hutíes han moderado temporalmente su participación en la guerra regional debido a incentivos locales y a su relativa independencia de Irán, pero conservan el poder de escalar si así lo deciden, y cuentan con un historial de afectar el comercio global como carta de negociación.
Hamás y otros actores palestinos
A diferencia de 2023, cuando Hamás desató la guerra regional con su ataque del 7 de octubre, su papel actual dentro del eje iraní es marginal. La devastación que sufrió Gaza en 2023–24 —incluyendo la eliminación de gran parte de la cúpula de Hamás y la destrucción de su infraestructura militar— redujo drásticamente su capacidad operativo-militar. Para 2026, Hamás carece de medios significativos para incidir en el teatro regional: Gaza permanece bajo bloqueo y sus arsenales fueron prácticamente aniquilados. Por ello, la contribución de Hamás a la estrategia iraní se limita al plano político-simbólico (discurso y propaganda) más que a acciones militares directas. De hecho, la postura de Hamás durante la guerra Irán-EE. UU.-Israel ha demostrado fisuras con Teherán. Notablemente, el 14 de marzo, Hamás emitió un comunicado público exigiendo a Irán que evitara atacar a los Estados del Golfo. Esta sorprendente declaración —difundida por Al Jazeera— urgía a Teherán a “no apuntar a países vecinos” en sus represalias, preocupado por las consecuencias en los ~400.000 palestinos que trabajan en el Golfo. Es un gesto sin precedentes que expone la divergencia de intereses entre Hamás e Irán: la organización palestina antepone el sustento de sus comunidades (remesas desde Arabia Saudí, Emiratos, Catar) a la lealtad ideológica absoluta hacia Irán. Asimismo, Hamás valora mantener sus puentes con actores como Turquía o Catar, e incluso exploraba acercamientos indirectos con Arabia Saudí antes de esta guerra. Todo indica que Hamás no reabrirá un frente activo a menos que perciba que no hacerlo amenace su relevancia (por ejemplo, si tras un eventual cese al fuego Irán le reclamase mayor compromiso). Por ahora, su rol es retórico: líder de la resistencia palestina, pero sin capacidad real de “exportar” el conflicto fuera de Gaza. Otros grupos palestinos menores (Yihad Islámica) también están muy debilitados y aislados en Gaza; sus esfuerzos en 2026 se enfocan en sobrevivir y reorganizarse tras las pérdidas de 2023, más que en desempeñar un papel regional significativo.
Otros actores asociados: El ecosistema de proxies iraníes incluye también milicias que operaban en Siria (por ejemplo, las brigadas afganas Fatemiyoun y pakistaníes Zeinabiyoun, creadas por Irán para apoyar a Asad) y células durmientes vinculadas a Hezbolá en Occidente. Con la caída del régimen sirio, miles de combatientes chiíes extranjeros quedaron dispersos; se reporta que algunos han mutado a redes criminales transnacionales dedicadas al contrabando de armas y otros ilícitos, más allá del control efectivo de Teherán. Por otro lado, las agencias de seguridad occidentales alertan de un riesgo elevado de terrorismo por parte de células o individuos inspirados por Irán: tras la muerte de Jamenei, se han registrado ataques aislados (un tiroteo en Austin, Texas; un atropello contra una sinagoga en Michigan) vinculados a extremistas “lobos solitarios” radicalizados en torno al fervor pro-Irán. En Canadá, un centro cultural iraní disidente fue baleado el 1 de marzo, también atribuido a represalias motivadas por Teherán. Si bien estos incidentes no prueban coordinación directa, los organismos de inteligencia mantienen la alerta sobre activación de células adormecidas de Hezbolá en Occidente en caso de prolongarse el conflicto. En síntesis, el legado global de la red iraní –con estructuras desde Latinoamérica hasta Asia Central– sigue siendo un frente difuso pero inquietante, donde podrían surgir amenazas terroristas en respuesta a la suerte del régimen iraní.
Prospectiva 2026–2028: posibles escenarios para Irán y sus proxies
Dada la volatilidad de la situación, es fundamental explorar cómo podría evolucionar el Eje de la Resistencia en los próximos años una vez superada la fase más aguda de la guerra. A continuación se presentan tres escenarios prospectivos (a corto y medio plazo, ~2026–2028) elaborados a partir de tendencias actuales, con sus respectivos indicadores clave y posibles implicaciones estratégicas:
Escenario 1 – Escalada fragmentada y persistente (Escenario base, alta probabilidad): En este escenario, la guerra se “cronifica” en un estado de confrontación indirecta prolongada, donde los proxies continúan atacando a intereses de EE. UU./Israel pero sin una coordinación central estricta. Características: Los ataques de milicias pro-iraníes persisten de forma irregular en múltiples frentes (Irak, Siria, Líbano, potencialmente Yemen), manteniendo una presión de “baja intensidad” pero constante sobre las fuerzas estadounidenses e israelíes. Sin embargo, no hay ofensivas sincronizadas a gran escala: cada proxy calibra la violencia según sus capacidad y conveniencia local. Por ejemplo, Hezbolá mantiene un frente activo en el sur del Líbano pero evita cruzar ciertos umbrales que provocarían una guerra total con Israel; las milicias iraquíes golpean con cohetes y drones bases de EE. UU. esporádicamente, quizá intercalando periodos de calma táctica, para minimizar represalias que amenacen su posición interna; los hutíes podrían reanudar ataques puntuales contra buques en el Mar Rojo si perciben una escalada, pero intentando no hundir las negociaciones de paz con Riad. Este escenario refleja un Eje de la Resistencia que sigue operativo pero descentralizado, donde la negación plausible de Irán se mantiene: Teherán alienta la “resistencia” pero evita implicarse directamente, negando control sobre los excesos de sus proxies. Implicaciones: Se eleva el riesgo de incidentes descontrolados que escalen por error de cálculo (p. ej., un ataque de milicia iraquí causa numerosas bajas estadounidenses, forzando una respuesta desproporcionada de EE. UU. en Irak). Irán mantiene su estrategia de desgaste sin llegar a guerra convencional, protegiendo al régimen de un enfrentamiento directo que no puede ganar. No obstante, el precio para sus proxies es alto: Hezbolá sufre desgaste militar continuo y crítica interna en Líbano; Irak ve mermada su estabilidad por la continua actividad de milicias autónomas; Yemen permanecería en una paz frágil fácilmente reversible. En general, Oriente Medio viviría en una tensión constante, con el conflicto latente “a fuego lento”. Este escenario es considerado por analistas el más plausible a corto plazo dadas las tendencias actuales.
Escenario 2 – Recomposición parcial del eje (probabilidad media): En esta trayectoria, Irán logra cierta recuperación y reimpone algo de disciplina en su red de aliados. Ello podría ocurrir si el régimen de Teherán sobrevive al embate inicial de la guerra y logra estabilizar la sucesión (consolidación de Mojtaba Jamenei o de una junta duro-pragmática apoyada en el IRGC). Con el tiempo, Irán reorganiza sus canales de comunicación y retoma el flujo de recursos hacia los proxies (por vías clandestinas alternativas, como rutas terrestres vía Turquía o aumento de tráfico aéreo), restaurando en parte su capacidad de dirección estratégica. Características: Se observaría un incremento en la sincronización de ataques: Hezbolá y hutíes podrían coordinar ofensivas simultáneas para saturar la defensa enemiga en “múltiples frentes”. Ya en marzo de 2026 se vio un indicio de este método: Irán combinó andanadas propias con cohetes de Hezbolá hacia Israel y drones hutíes contra Arabia Saudí, en salvas integradas. En el escenario 2, tales acciones conjuntas serían más frecuentes. Irán lograría además contener en mayor medida las disidencias: por ejemplo, un Hezbolá debilitado pero dependiente seguiría instrucciones de Teherán incluso a costa del interés libanés (como de hecho hizo al reabrir el frente norte tras la muerte de Jamenei). Los hutíes, si bien recelosos, podrían verse arrastrados a intervenir más abiertamente en apoyo a Irán (rompiendo la congelación de ataques navales) si el pacto con los saudíes se rompe. Este escenario implicaría, en esencia, una revitalización parcial del modelo proxy tradicional de Irán: un esfuerzo deliberado de recentralización y coordinación mediante una línea dura IRGC-Jamenei que ve en el eje su tabla de salvación. Implicaciones: Una recomposición del Eje aumentaría el riesgo estratégico para Israel y las rutas comerciales globales. Por ejemplo, un Hezbolá rearmado podría forzar a Israel a librar conjuntamente guerras en múltiples fronteras (Gaza, Líbano, Siria) a instancias de Teherán; los hutíes, si retoman ofensivas marítimas, pondrían en jaque de nuevo el flujo petrolero internacional (disparando aún más los precios). Un bloque iraní más cohesionado también complicaría eventuales negociaciones de paz, al presentarse como un frente unido. Sin embargo, este escenario enfrenta obstáculos importantes: la degradación estructural sufrida (pérdida del corredor sirio, sanciones, líderes muertos) dificulta volver al estado anterior, y la legitimidad de Teherán entre sus aliados quedó mellada tras no poder protegerlos en 2024–26. Aun así, algunos expertos apuntan que si algún gobierno puede reconstituir parcialmente la red proxy sería uno dominado por el IRGC, que canalizaría recursos extraordinarios a esas milicias como prioridad estratégica. La probabilidad de este escenario dependerá de la evolución de la política interna iraní y de si el régimen consigue adaptarse al nuevo entorno —por ejemplo, buscando apoyo de potencias aliadas (China/Rusia) para rearmarse y financiar de nuevo a sus socios regionales.
Escenario 3 – Erosión estratégica y transformación del modelo proxy (baja probabilidad, pero impacto alto): Aquí se proyecta un debilitamiento progresivo pero insalvable del Eje de la Resistencia. Podría darse si la guerra prolongada y las presiones internas llevan a un colapso parcial del régimen iraní (p. ej., pérdidas territoriales internas, fragmentación del IRGC, o incluso cambio de régimen). En tal caso, los proxies “sobreviven” a su patrón pero quedan esencialmente huérfanos en cuanto a coordinación y financiamiento central. Características: Las milicias pro-iraníes se atomizan aún más, priorizando su supervivencia local por encima de cualquier agenda pan-chií. Hezbolá podría replegarse totalmente a la defensa de sus feudos en Líbano, tratando de integrarse más en el aparato estatal libanés para no ser desmantelado. Las milicias iraquíes seguirían existiendo, pero ya sin una referencia unificadora: algunas se alinearían con facciones políticas internas, otras podrían radicalizarse para llenar el vacío de poder en zonas chiíes, y otras derivar hacia actividades criminales (contrabando, extorsión) para financiarse. Los hutíes, virtualmente independientes, consolidarían su control en Yemen y quizá declaren formalmente un Estado en el norte, desentendiéndose en lo posible de conflictos ajenos. En Gaza, Hamás y la Yihad Islámica quedarían aisladas y posiblemente focalizadas en la reconstrucción y política interna palestina, buscando nuevos patrocinadores (Qatar, Turquía) para subsistir. En este escenario, el Axis deja de existir como bloque funcional; en su lugar surge un mosaico de “señores de la guerra” shiíes y movimientos armados semi-autónomos con identidades locales más pronunciadas. Implicaciones: La contrapartida optimista es que un Irán débil reduce su capacidad de proyectar poder maligno: es decir, se diluye la amenaza integradora que antes aglutinaba y potenciaba a estos grupos. Sin un “cerebro” iraní coordinando, algunos conflictos podrían incluso apaciguarse (por ejemplo, disminuye la provisión de misiles a Hezbolá, reduciendo el riesgo de guerra Israel-Líbano de alta intensidad). Sin embargo, muchos analistas advierten que este escenario no equivale necesariamente a una región más segura. Proxies sin patrono pueden volverse más impredecibles y peligrosos de forma distinta: ya no responden a la lógica disuasiva de un Estado (Irán solía modular sus acciones para evitar su destrucción), sino a dinámicas locales, odios sectarios o incentivos económicos. La fragmentación hace imposible “negociar la paz” con un solo interlocutor —Arabia Saudí, por ejemplo, no podría pactar con Teherán el fin de los ataques hutíes, si estos ya actúan independientes—. En palabras de un informe de RAND (marzo 2026), la destrucción del comando central iraní crea el riesgo de múltiples mini-conflictos autónomos: “los grupos proxy que pierden a su patrón no se disuelven, se transforman”, a menudo en entes más difíciles de disuadir. La historia ofrece precedentes aleccionadores: tras la retirada soviética en 1991, sus proxies en Afganistán y África evolucionaron en señores de la guerra y prolongados conflictos civiles; o tras la caída del Imperio Otomano, milicias locales se convirtieron en facciones insurgentes que desestabilizaron Oriente Medio por décadas. Así, la “victoria” sobre el eje iraní podría traer una paz engañosa, seguida de nuevos desafíos de seguridad más difusos. Para actores internacionales, la prioridad en este escenario sería evitar vacíos de poder que aprovechen grupos yihadistas suníes y gestionar crisis humanitarias de gran escala (millones de refugiados iraníes o libaneses, etc. —un símil a Siria 2011 pero peor por la escala de Irán—). En suma, un eje colapsado conllevaría menos capacidad unificada de agresión, pero inauguraría una era de incertidumbre estratégica en la que Oriente Medio enfrentaría mil amenazas pequeñas en lugar de una gran amenaza cohesionada.


Conclusiones
La coyuntura de la guerra Irán–EE. UU.–Israel en 2026 ha puesto a prueba el modelo de guerra delegada (proxy) que Teherán cultivó por décadas. Los hallazgos clave de este informe señalan que los proxies de Irán siguen siendo actores relevantes, pero ya no operan como una máquina cohesiva bajo control central. En lugar de un “eje coordinado”, hoy existe una constelación de conflictos paralelos donde cada aliado de Irán actúa según su propia lógica estratégica local, a menudo más preocupado por su supervivencia y objetivos inmediatos que por cumplir un plan maestro dictado desde Teherán. Esto no implica la desaparición inmediata del Eje de la Resistencia, sino su transformación profunda: ha pasado de ser un instrumento amplificador del poder iraní a un ecosistema fragmentado de resistencias que, irónicamente, puede resultar más impredecible y peligroso en ciertos aspectos. Un Eje cohesionado permitía a Irán modular mejor las acciones de sus proxies y servía también de canal para eventuales negociaciones (p. ej., apaciguar a los hutíes mediante diálogo Irán–Arabia Saudí). En cambio, la fragmentación actual elimina esa posibilidad: cinco grupos autónomos con armas propias presentan un desafío de seguridad más complejo que un enemigo único, porque carecen de una autoridad central que pueda ser disuadida, cooptada o derrotada en forma convencional.
Desde la perspectiva de la inteligencia estratégica, las tendencias apuntan a que el poder duro de Irán seguirá disminuyendo, empujando al régimen a apoyarse más en herramientas asimétricas como sus proxies, la guerra cibernética y la coerción económica para sobrevivir. Sin embargo, ese mismo proceso está emancipando a sus aliados: Hezbolá, las milicias iraquíes y los hutíes están tomando decisiones por sí solos que no siempre benefician a Teherán (como ataques excesivos que arriesgan represalias devastadoras, o por el contrario, treguas locales que contradicen la retórica iraní). Para los rivales de Irán, esto supone un dilema: la debilitación del “eje iraní” es bienvenida en tanto reduce la amenaza centralizada, pero a la vez, gestionar múltiples conflagraciones descentralizadas requerirá respuestas más complejas y nuanciadas. Por ejemplo, Israel y EE. UU. deberán adaptar sus estrategias de contraterrorismo y contra-insurgencia: no bastará con contener a Irán; habrá que lidiar individualmente con cada proxy en su contexto (apoyar la estabilidad en Líbano para marginar a Hezbolá, reforzar al gobierno iraquí contra milicias rebeldes, garantizar la implementación de la paz en Yemen, etc.).
En última instancia, la situación actual confirma un principio clásico de los conflictos asimétricos: la fragmentación del adversario puede acarrear amenazas nuevas y más difusas. El llamado Eje de la Resistencia, concebido como “defensa adelantada” de Irán, se ha convertido en una especie de boomerang estratégico: al ser golpeado el centro (Teherán), los fragmentos del eje pueden volar en direcciones inesperadas, creando focos de inestabilidad difíciles de anticipar o contener. Para la comunidad internacional, esto subraya la necesidad de vigilar no solo a Irán sino también a sus satélites con igual atención, y de fortalecer mecanismos regionales que aborden las causas locales que permiten a estas milicias proliferar (vacíos de poder, conflictos sectarios, economías de guerra). Mientras no se resuelvan esos factores subyacentes, incluso un Irán débil o post-conflicto podría seguir proyectando sombra a través de sus proxies transformados. Como advierte un análisis de Stimson Center, “un Irán fragmentado e inestable, con facciones del IRGC compitiendo por patrocinar grupos rivales, complicaría aún más la reconstrucción de cualquier orden posguerra”. En conclusión, la guerra de 2026 marca el fin de una era de disuasión iraní centralizada y el comienzo de un período de resistencias descentralizadas, cuyos desenlaces definirán la seguridad de Oriente Medio en los años venideros.
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