RECURSO DE ALTO IMPACTO DEL CNT

Edición | octubre 2026

El cerebro como campo de batalla:

Estrategias de desradicalización en la lucha contra el terrorismo.

Artículo
AUTOR
Mauricio Heise

Director de Prospectiva Antiterrorista y Diseño de Estrategias ante Escenarios Críticos
Nacionalidad: Chilena
Lugar de redacción: Santiago, Chile

Contenido del artículo

  • Resumen Ejecutivo

  • Palabras Clave

  • Introducción

  • Objetivo del artículo

  • Pregunta de investigación

  • Marco teórico

    • La Radicalización violenta desde una perspectiva cognitiva

    • La Guerra Cognitiva

    • Estrategias cognitivas contra el terrorismo

  • Metodología

  • Desarrollo del Análisis

  • Resultados

  • Conclusiones

  • Referencias

Resumen Ejecutivo

La desradicalización es el proceso mental mediante el cual una persona, previamente radicalizada, deja de adherir a una ideología extremista que justifica moral y utilitariamente la violencia. Dicho objetivo es el elemento central de las políticas antiterroristas contemporáneas, a partir de un cambio de paradigma que pone el énfasis en la prevención.

Este artículo analiza cómo debiesen ser las estrategias y políticas públicas orientadas a generar un cambio cognitivo y conductual que haga que individuos extremistas, incluso implicados en delitos terroristas, se desvinculen de la violencia y abandonen idearios radicales. A modo de ejemplo, se mencionan iniciativas de políticas públicas y enfoques transversales que son aplicables a distintas etiologías, como el salafismo yihadista y la extrema derecha, entre otras.

En este contexto, se explora críticamente el concepto emergente de “guerra cognitiva”, como una posible herramienta estratégica contra la radicalización violenta, la que considera operaciones comunicacionales y de influencia que persiguen generar impactos en el proceso cognitivo de individuos y grupos, dada la importancia de la ideología y la narrativa en la movilización terrorista.

Este artículo identifica distintos niveles de intervención, como políticas educativas y resiliencia comunitaria; programas enfocados a colectivos en riesgo de radicalización; y rehabilitación y reintegración social. Se mencionan políticas públicas exitosas, como por ejemplo los modelos integrales de prevención implementados en Alemania, como estrategias de contranarrativa para limitar e impedir la adhesión al mensaje extremista.

En la denominada “guerra cognitiva”, el cerebro se considera un “campo de batalla”, por lo que se despliegan acciones coordinadas, y previamente planificadas, destinadas a influir en percepciones y decisiones, para de esa manera contrarrestar las narrativas extremistas que sustentan el terrorismo. Asimismo, se abordan los retos en el diseño y formulación de políticas públicas para que sean eficaces, incluyendo la necesidad de evaluar su impacto, potenciar la coordinación interinstitucional y privilegiar los enfoques multidimensionales.

Palabras Clave

Desradicalización, prevención del extremismo violento, políticas públicas contra el terrorismo, guerra cognitiva.

Introducción

El desafío de contrarrestar el terrorismo y los extremismos violentos en el ámbito de la seguridad pública exige líneas de acción destinadas a desmovilizar a grupos terroristas, quitarle credibilidad a la narrativa extremista, pero por sobre todo abordar la radicalización violenta, para así prevenir y evitar que sujetos asuman creencias extremistas y opten por la táctica terrorista. En este campo de actuación cobraría relevancia lo cognitivo, es decir, intervenir en el “cómo pensar”.

Desde esta perspectiva, la guerra cognitiva posibilitaría intervenir en el proceso mental de un individuo que adhiere a ideas extremistas y ejerce la violencia terrorista, lo que no es solamente desmotivar la “voluntad de luchar” de los terroristas y contrarrestar su discurso, pues lo cognitivo es un cambio de largo plazo. Debe precisarse, que el centro de la intervención no es atacar la narrativa, sino al proceso mental que valida el terrorismo, al cuestionar la lógica y argumentos que legitiman la violencia y la consideran necesaria, sobre la base de motivaciones políticas y/o ideológicas.

Una estrategia para desmovilizar a organizaciones terroristas no solamente debe contener lineamientos para generar detenciones y poner a disposición de la justicia a las personas implicadas, porque, aunque es necesario, ello no es suficiente, ya que no impide que en la sociedad vayan surgiendo nuevos terroristas dispuestos a usar la violencia en función de sus ideales y objetivos. Abordar la prevención de la radicalización violenta es fundamental, cualquiera sea la tipología de terrorismo que se requiera abordar.

En este sentido, la “guerra cognitiva”, en lo que al combate del terrorismo se refiere, busca cambiar el procesamiento de la realidad, para “reprogramar” a individuos, de modo que las ideas radicales y pertenencia a grupos extremistas no sea una opción atractiva para las personas.

El presente artículo busca responder ¿cómo y con qué estrategias se puede lograr que individuos radicalizados abandonen idearios extremistas y el terrorismo, y qué papel podrían tener estrategias de “guerra cognitiva” y comunicación estratégica en ese proceso? Para lo cual se expondrá el marco teórico, se detallará la metodología adoptada, además de analizar aspectos relevantes de estrategias de desradicalización, y se presentarán los principales hallazgos, desafíos y consideraciones.

Objetivo del artículo

El objetivo de este artículo es analizar la desradicalización en el marco de la lucha antiterrorista, enfatizando las líneas de acción orientadas a generar cambios cognitivos en los individuos que adhieren a idearios extremistas, para que abandonen la ideología radical y el comportamiento terrorista que se deriva de ella. En este sentido, se busca identificar medidas estatales, en las que podría tener participación del sector privado, de desradicalización, diseñadas para lograr un cambio de creencias, y la desvinculación de narrativas y comportamientos terroristas. En este contexto, también se analiza la posible aplicación de la “guerra cognitiva” y herramientas de influencia estratégica, estableciendo los desafíos actuales que inciden en estos esfuerzos de política pública.

Pregunta de investigación

¿Qué estrategias, en términos de políticas públicas, son más eficaces para propiciar la desradicalización de individuos implicados en actividades terroristas, cualquiera sea su etiología, a través de herramientas comunicacionales y de influencia cognitiva?

Marco Teórico

La Radicalización violenta desde una perspectiva cognitiva

En primer lugar, el terrorismo es una forma de violencia política organizada para alcanzar determinados propósitos, sustentados en un proyecto político, ideología o causa, pudiendo afirmarse que “los terroristas desean lograr ciertos objetivos derivados de sus creencias políticas o religiosas. A la vez, deciden actuar empleando la violencia y la intimidación porque creen que estas acciones constituyen el medio más eficaz para conseguir sus metas” (Toboso, 2020, p. 31).

En el análisis del terrorismo debe considerarse que, en términos generales, éste no puede ser explicado como una patología, ya que quienes lo practican en su mayoría no sufrirían de patologías psiquiátricas que expliquen su conducta violenta, pues el terrorismo es ante todo un método de influencia sociopolítica que, a través de la violencia y la intimidación, intenta forzar cambios al status quo, por lo que resulta importante tener en consideración aspectos como el contexto y las coyunturas políticas en que surge, los posibles sectores sociales que se autoperciben como agraviados, las narrativas radicales que nacen desde la frustración y el descontento, como también los grupos radicales que las promueven, dada la importancia del componente comunicacional, en que el terrorismo es “propaganda por el hecho” (De la Corte, 2007).

La radicalización violenta se define como un proceso gradual, que implica socialización y movilización, en el que personas adoptan idearios extremistas, que justifican métodos violentos para lograr determinados objetivos políticos y forzar cambios, rechazando las normas sociales dominantes y los cauces democráticos (Schmid, 2013; Doosje et al., 2016). “La radicalización es un proceso, no lineal y complejo, en el que factores cognitivos y actitudinales llevan a un individuo o colectivo a cuestionar o rechazar la norma social de la sociedad o grupo al que pertenece y buscar la eliminación de aquellos obstáculos que perpetúan el orden existente” (Sant, 2019, p.12) y también se puede afirmar que “en síntesis, la radicalización es un proceso cognitivo de socialización y adopción de ópticas o creencias intransigentes sobre problemas políticos, sociales, culturales o religiosos que se caracteriza por el rechazo o la oposición al statu quo existente” (Toboso, 2020, p. 99).

Desde esta perspectiva, las personas en proceso de radicalización generan una apertura cognitiva y la posterior asimilación de esta narrativa, que les hace justificar como legítima la práctica del terrorismo, en cuyo contexto factores como la exposición a propaganda extremista, el adoctrinamiento (o auto-adoctrinamiento) y el aislamiento social facilitarían la radicalización y la implicación en delitos terroristas.

Respecto a lo anterior, para comprender la radicalización, específicamente las variables psicológicas que impulsan a un individuo a experimentar un proceso de radicalización, se puede citar el modelo de las “3N” (Webber y Kruglanski, 2013, como se citó en Lobato, 2019) que identifica necesidades (needs), la narrativa (narratives) y la red social (networks):

  1. Necesidades o motivación del individuo: Corresponde a la búsqueda de significado, como sentido de propósito, como una fuerza dominante que se activaría por determinadas circunstancias, haciendo que la persona recurra al grupo, donde la respuesta está dada por una ideología extremista que legitima el terrorismo como método de acción.

  2. Narrativas ideológicas: La ideología como fuerza psicológica, corresponde al ideario extremista que establece las soluciones y la forma de alcanzarlas, con una narrativa específica según el objetivo que persiga cada grupo, en la que normalmente se identifica un agravio y un enemigo responsable.

  3. Red: Es la interacción grupal e influencia social, de quienes adhieren a la narrativa radical, debido a que la ideología se comparte en el grupo que la valida, lo que facilita la radicalización y el compromiso extremista del individuo.

En la narrativa que justifica el terrorismo cobra relevancia la noción de grupo víctima: “Junto con la socialización en el proceso de radicalización, otro factor que ha demostrado ser fundamental es el sentimiento de injusticia de un grupo frente a otro. El grupo que se percibe agraviado —generalmente minoritario frente a otro grupo mayoritario— siente que recibe un trato perjudicial respecto al resto de la sociedad en base a sus rasgos étnicos, ideológicos, religiosos o de cualquier otro tipo” (Sant, 2019, p.18).

En esta perspectiva cognitiva de la radicalización, actualmente debe considerarse el impacto del uso de la inteligencia artificial y los algoritmos de recomendación en plataformas virtuales, que maximizan la interacción mediante las “cámaras de eco”, con contenidos polarizantes que incrementan los procesos de radicalización violenta. Asimismo, los deepfakes y la propaganda automatizada son medios de persuasión masiva que inciden en estos procesos.

La Guerra Cognitiva

La guerra cognitiva es un concepto emergente y se refiere a una opción estratégica compuesta por acciones que son desplegadas para la explotación, manipulación y control de la cognición y el cerebro humano, a través del uso de herramientas comunicacionales y de tecnologías, no simplemente para controlar los flujos de datos, sino para encausar las reacciones, pensamientos, creencias y las conductas de individuos y grupos, alterando su percepción de la realidad para incidir en sus procesos de toma de decisiones, siendo el efecto cognitivo un objetivo estratégico en sí mismo, que posibilita desestabilizar al adversario y sus sistemas políticos, económicos y culturales sin que se requiera de un enfrentamiento con medios militares, no obstante, también permite proteger y obtener una ventaja estratégica sobre el oponente (Segoviano, 2025).

La actividad terrorista conlleva la ejecución de amenazas, acciones violentas y propaganda, sin embargo, no debemos circunscribirla únicamente al plano de lo físico y material, sino que también debe considerarse algo muy importante, que corresponde al espacio de lo cognitivo, vale decir, la capacidad que tienen las personas para procesar información, adquirir nuevos conocimientos y entender su entorno, siendo dicha capacidad lo que en el marco de un proceso de radicalización violenta posibilita asumir idearios extremistas que justifican el empleo del terrorismo, legitimándolo a partir de una determinada narrativa, para imponer transformaciones políticas al luchar por una causa. En este contexto, los actores que emplean la guerra cognitiva despliegan: operaciones psicológicas, desinformación y propaganda, diseño de narrativas, explotación de agravios identitarios, fomento de la polarización y uso estratégico del entorno digital.

Con aplicación en materia de combate al terrorismo, existe el concepto de la denominada “guerra cognitiva”, que ha sido abordado en ámbitos como la OTAN para contextos de zona gris y geopolítica, en que se considera el dominio cognitivo como un espacio de confrontación estratégica donde la información, la psicología y las percepciones son objetivos de ataque o de defensa (NATO ACT, 2023). Debido a que la radicalización violenta, en definitiva, correspondería a un proceso de influencia cognitiva, en que la mente del individuo es el terreno donde se libra la batalla ideológica, resulta pertinente analizar si las herramientas de la guerra cognitiva, como las operaciones psicológicas y contranarrativas pueden utilizarse contra la radicalización, para prevenir y desradicalizar (NATO ACT, 2023; Deppe & Schaal, 2024).

Cabe hacer la distinción con las denominadas operaciones psicológicas, cuya naturaleza es comunicacional, ya que éstas persiguen cambiar el modo de pensar de los terroristas, mientras que la guerra cognitiva ataca las bases neurobiológicas y los sesgos que alimentan el extremismo, lo que implicaría una intervención de más largo plazo, sin embargo, las operaciones psicológicas podrían ser un instrumento de la guerra cognitiva. “Esta guerra cognitiva es un tipo de guerra que trata sobre cómo piensa el enemigo, cómo funciona su mente, cómo ve el mundo y cómo desarrolla su pensamiento conceptual. El objetivo declarado es atacar, explotar, degradar o incluso destruir la forma en que uno construye su propia realidad, su autoconfianza mental, su confianza en los procesos y enfoques necesarios para el funcionamiento eficiente de grupos, sociedades o incluso naciones” (Giorgi y Saldanha, 2022).

En definitiva, en el marco de la guerra cognitiva, podría producirse la manipulación de información para modificar, con propósito defensivos u ofensivos, el razonamiento y el comportamiento de determinada población. Desde esta perspectiva, el objetivo es la mente de los individuos, con el claro propósito de influir y propiciar un cambio cognitivo y de comportamiento en ellos.

En el marco de la esfera de la comunicación, “la desinformación busca manipular o influir en la opinión de grupos para apoyar una causa o creencia en particular, a menudo promoviendo los beneficios y las virtudes de una idea o un grupo, al mismo tiempo que distorsiona la verdad o suprime el contraargumento” (Hernández y Freitas, 2023, p. 481). Desde esta perspectiva, las organizaciones terroristas recurren a la desinformación. Por lo que es fundamental generar información y narrativas para desacreditar el discurso extremista, por lo que pueden emplearse técnicas de contranarrativa.

Existen tres tipos de contranarrativas: Comunicación gubernamental, que realiza el gobierno, para informar a la sociedad sobre las medidas contra el terrorismo y también para generar conciencia de la importancia de enfrentar dicha amenaza; narrativas alternativas, las que presentan un mensaje alternativo, es decir, una perspectiva distinta, sin cuestionar de manera frontal la narrativa extremista, con el propósito que los receptores reconsideren ésta, a partir del testimonio de quienes hayan abandonado la actividad terrorista, víctimas y líderes comunitarios; y narrativas de choque, las que se orientan a desacreditar, refutar y contrarrestar la narrativa extremista, para demostrar su falsedad, siendo desarrollada por actores con legitimidad, como líderes religiosos o testigos del accionar terrorista (Morillas, 2018).

Estrategias cognitivas contra el terrorismo

Actualmente se entiende que las estrategias para enfrentar el terrorismo necesitan tener componentes que trasciendan lo policial y militar, por tratarse de medidas que son insuficientes para contrarrestar esta forma de violencia política, pues, dado que el elemento central del terrorismo es la radicalización violenta, se requiere considerar al cerebro como el campo de batalla, y poner atención en la dimensión neurobiológica de la conducta extremista, debido a la rigidez cognitiva con que razonan los terroristas, cuyos argumentos o ideas las elevan a la categoría de “valor sagrado”, sin una apertura que posibilite el cuestionamiento o la modificación de su punto de vista.

Sin perjuicio de lo anterior, Khalil, Horgan y Zeuthen (2019) propusieron el modelo “ABC” (attitudes, behaviors y corrective) de extremismo violento, que plantea la necesidad de corregir la tendencia de los enfoques teóricos que asimilan las actitudes favorables hacia la violencia con la participación en ella, sosteniendo que ambas dimensiones están relacionadas, pero que pueden darse de manera independiente, ya que la adhesión a una ideología extremista no necesariamente implica la participación en delitos terroristas, por tanto, las políticas para prevenir la radicalización no deberían asumir a priori que el abandono de las ideas extremistas es un requisito previo para cesar la actividad terrorista, señalando que la desvinculación y la desradicalización deben entenderse como procesos diferentes, aunque obviamente son complementarios.

Por lo anterior, las estrategias antiterroristas requieren apuntar tanto a la desvinculación como a la desradicalización, mediante contranarrativas que estimulen la apertura cognitiva, estimulando la flexibilidad, que facilite el cuestionamiento al discurso de la “misión sagrada”; como también que el individuo refuerce el cambio de la identidad colectiva que había asumido y reforzado, debido a la interacción con el grupo extremista.

Respecto a lo anterior, sería necesario, “planificar y realizar actividades y operaciones cognitivas conjuntas de manera que comunique la intención, respaldada por el entorno operativo informativo, para promover la comprensión de la misión, permitir la iniciativa y combatir la información errónea. En algunos casos, los competidores, adversarios o enemigos intentarán utilizar la desinformación sobre la intención de las actividades de la fuerza conjunta para socavar la credibilidad y la libertad de acción de la fuerza conjunta, o incluso atribuirse el resultado positivo de las actividades” (Giorgi y Saldanha, 2022, p. 17).

La guerra cognitiva aplicada a la labor antiterrorista persigue restaurar la flexibilidad cognitiva de los individuos, fuera de las cámaras de eco en las que razonan, y por sobre todo, que recobren su propia identidad personal. A modo de ejemplo, según Bazaga et al. (2023), en el marco estratégico europeo contra la radicalización se buscaría intervenir en tres etapas: Impedir que el individuo complete su proceso de radicalización, evitar que las personas que ya se han radicalizado perpetren atentados o recluten, y por supuesto, posibilitar la reintegración social de sujetos que se han desradicalizado.

Los niveles de prevención de la radicalización serían los siguientes (Harris-Hogan et al. (2016):

  • Primaria: Fomento de la resiliencia de la sociedad, como también la educación en la tolerancia y valores democráticos.

  • Secundaria: Intervención en grupos e individuos en riesgo de radicalización, lo que implica la ejecución de programas con la participación de profesionales especializados.

  • Terciaria: Iniciativas para el desenganche y la desradicalización de personas que ya se encuentran radicalizados, incluso que han tenido implicación en actividades terroristas.

En el caso de la población joven, la idea es facilitar que las personas de este segmento puedan discernir cuando estén ante manipulación en internet por parte de agentes radicalizadores, es decir, que puedan reconocer patrones de manipulación incluso antes de exponerse al mensaje radical, lo que presupone fortalecer el pensamiento crítico. Cabe precisar, que las estrategias de desradicalización se aplican a diversas expresiones de terrorismo, no sólo al yihadismo que ha dominado la agenda global, sino que también a extremismos de ultraderecha, como nacionalistas o supremacistas, ya que se reconoce la naturaleza transversal del problema.

Sobre la radicalización online, puede citarse como ejemplo la “Operación Break Chain” de Brasil, ejecutada el 2 de febrero de 2026 por la Policía Civil, en que se desmanteló una red autodenominada “Geração Z”, conformada por jóvenes de entre 15 y 30 años, que mediante redes sociales planificaba atentados terroristas en distintas ciudades brasileñas, con artefactos explosivos improvisados y “bombas molotov”, para protestar contra la corrupción del sistema político, sin embargo, gracias a la labor de inteligencia se logró neutralizar esta amenaza antes que fueran perpetrados los ataques (Heise, 2026).

Esta tarea no sólo recae en el Estado, ya que en la prevención de la radicalización la participación del sector privado y de los organismos internacionales es fundamental, como lo ha demostrado la experiencia de Alemania, respecto a la extrema derechas y el yihadismo, en donde se han implementado programas públicos y también de organismos no gubernamentales (ONGs), lo que genera mayor cobertura e innovación, mediante la cooperación público-privada y la descentralización (Koehler, 2021). Las medidas han abarcado educación cívica, talleres de sensibilización escolar, formación de profesionales para generar resiliencia frente a la radicalización, orientación familiar, líneas telefónicas de asistencia directa, y por supuesto, programas especializados de desvinculación y reinserción para extremistas, incluyendo para aquellos que han salido de prisión.

La experiencia internacional demostraría que el éxito de las políticas públicas de prevención requiere el involucramiento de los ámbitos local y comunitario, con la participación de psicólogos, educadores y dirigentes sociales. La importancia de incluir a organizaciones se debe a que éstas tienen credibilidad ante la población objetivo, además, poseen sus propias redes para realizar la intervención, tienen conocimiento de la comunidad a la que se dirigirá el mensaje, se evita el riesgo de líneas de acción innecesarias, y su inclusión dota de mayor legitimidad a la política pública (Lozano, 2018).

En materia de políticas públicas, también destaca la Estrategia Nacional contra el Terrorismo 2023, de España, la que en el pilar de prevención establece líneas de acción como el desarrollo de las herramientas para combatir la propaganda radical violenta o terrorista en redes sociales e internet; prevenir, detectar y neutralizar procesos de radicalización en los centros penitenciarios, a través de la identificación, control e intervención sobre individuos que promuevan o asuman ideologías extremistas; evitar y contrarrestar la propaganda terrorista y de extremismos violentos que se difunda a través de internet o por cualquier otro medio.

En este sentido, el marco estratégico antiterrorista español señala: “Para hacer frente a esta amenaza, es necesario que se adopten medidas preventivas y de seguridad, como la identificación temprana de los procesos y agentes de radicalización o la retirada de contenido terrorista de internet para impedir el acceso a los mismos. También es importante que se promueva la educación y la conciencia en la sociedad sobre la amenaza de los actores solitarios, y se fomente la tolerancia y la inclusión para prevenir la radicalización”.

Debe precisarse, que aunque la Estrategia Nacional contra el Terrorismo de España (2023) no señala expresamente que su enfoque es el paradigma de la guerra cognitiva, sus líneas de acción sobre la prevención de la radicalización violenta podrían considerarse como acciones para contrarrestar los procesos de influencia cognitiva desplegados de manera consciente por terroristas, ya que el documento plantea cursos de acción sobre la prevención de la radicalización y el extremismo violento, el entorno digital y la propaganda extremista en línea, el fortalecimiento de la resiliencia social, y la protección de colectivos vulnerables frente a narrativas extremistas, por lo tanto, existiría concordancia con el enfoque cognitivo.

En el diseño y formulación de políticas públicas para contrarrestar la amenaza del terrorismo se necesita un enfoque multidimensional para abordar los distintos aspectos del fenómeno, como la propaganda, la narrativa e ideología, para así restarle respaldo al discurso extremista y desmantelar su base ideológica, lo que implica “manipular las identidades”, posibilitando que las personas abandonen la identidad radical; además de la necesidad de fortalecer la prevención, a través de programas, para evitar y detectar la radicalización violenta en entornos claves, como centros penitenciarios, comunidades locales e instituciones educativas; como también, de manera simultánea, desplegar labores policiales para poner a disposición de la justicia a los individuos implicados; y por supuesto, la cooperación internacional que incluya intercambio de información de inteligencia (Heise, 2024).

En este esfuerzo antiterrorista es de crucial importancia la transformación cognitiva y conductual de los individuos, como también evitar que las personas crucen el límite hacia la conducta delictiva. Por lo anterior, en este desarrollo de política pública se debe potenciar la coordinación y cooperación entre organismos con incidencia en la materia, de distintos niveles territoriales.

Por otra parte, lo deseable es que todas las políticas públicas puedan ser medidas, para así determinar su éxito e impacto, lo que en el caso de la lucha contra la radicalización es relativo, pues, aunque es posible medir cantidad de sujetos radicales identificados, operaciones policiales realizadas, la producción de inteligencia, e incluso la cantidad de personas que se integraron satisfactoriamente a la sociedad luego de desradicalizarse, son invisibles aspectos como todos los sujetos susceptibles de ser radicalizados que gracias a la política no iniciaron el camino de la radicalización, y también todas aquellas personas que desestimaron la narrativa radical apenas tuvieron contacto con ella.

Respecto a lo anterior, la eficacia de las estrategias cognitivas no dependería únicamente de desacreditar la narrativa extremista, que normalmente es asumida con fanatismo, sino de la prevención y del fortalecimiento del procesamiento crítico de la información por parte de los individuos, es decir, de lo que podría denominarse como la “inmunización cognitiva”, que habilita a las personas para reconocer sesgos, falacias y la manipulación empleada por los agentes radicalizadores, mediante el desarrollo de la capacidad de análisis crítico frente a la desinformación y las narrativas extremistas.

En definitiva, se necesita implementar “un enfoque multidimensional, debido a que el terrorismo posee distintas dimensiones y aspectos que deben ser abordados, incluyendo el hecho que simultáneamente es una forma de ataque y de comunicación política, orientada a influenciar a determinadas audiencias” (Heise, 2024, p. 50).

Metodología

El presente artículo tiene un enfoque cualitativo, descriptivo y analítico, sobre la base de la revisión bibliográfica y documental de fuentes abiertas especializadas en terrorismo y radicalización violenta. Se buscó literatura en bases de datos académicas y publicaciones institucionales, en los que se abordan políticas y lineamientos sobre la desradicalización. Para lo anterior se consideró literatura académica y análisis de ejemplos de políticas públicas, además de herramientas cognitivas y comunicacionales, para identificar acciones eficaces y los desafíos transversales de las políticas antiterroristas.

Desarrollo del Análisis

Del análisis de la literatura académica se desprende que no todas las personas que se desenganchan de grupos terroristas se desradicalizan, ni tampoco todos los desradicalizados han tenido una militancia previa, debido a que ambas dimensiones, la cognitiva y la conductual, pueden operar de distinta manera, ya que por ejemplo, alguien podría renunciar a la violencia terrorista solamente por pragmatismo, pero sin modificar sus creencias radicales, y al mismo tiempo, una persona desradicalizada, podría dejar de adherir al ideario extremista, pero seguir integrando el grupo terrorista por temor a sufrir represalias o por lealtad, entre otros motivos, sin embargo, “no siempre es necesario el abandono de determinados valores, sino el desinterés por determinados cierres cognitivos, pensamientos desiderativos o la aceptación del uso instrumental de la violencia” (Toboso, 2020, p. 97).

Posterior al 11-S, de forma creciente muchos países occidentales incorporaron programas de desradicalización en sus políticas antiterroristas. En el contexto europeo, la Unión Europea actualizó en el 2014 su estrategia para combatir la radicalización y el reclutamiento terrorista, estableciendo la importancia de la rehabilitación y la reintegración de extremistas, junto con la prevención primaria. Un ejemplo relevante es Alemania, cuya política se considera de las más robustas y diversificadas del mundo (Koehler, 2021). Alemania en décadas pasadas implementó iniciativas para la deserción de militantes de grupos de extrema izquierda, y posteriormente a neonazis y yihadistas, cuyo modelo se caracteriza por tener un enfoque descentralizado, incluir la participación comunitaria y familiar, con redes de prevención que incluyen charlas en colegios y formación de profesores, mediante la colaboración público-privada.

En tanto, Reino Unido adoptó desde 2003 la estrategia PREVENT como eje de su plan antiterrorista “CONTEST”, que corresponde a la estrategia nacional. PREVENT, está orientada a prevenir que personas adhieran al terrorismo, es decir, a la radicalización yihadista, con un enfoque más centralizado, a través de personal docente, psicólogos y servicios sociales y universidades, bajo la coordinación nacional.

En la práctica, los programas de desradicalización, la mayoría enmarcados en estrategias más amplias contra el terrorismo, combinan intervenciones psicosociales a nivel individual y grupal, con la participación de profesionales especializados, que incluyen acciones comunicacionales a nivel comunitario y orientadas a audiencias más amplias, como colectivos en riesgo de radicalización.

Sobre esto último, en el diseño de la narrativa alternativa, es deseable explorar aspectos como contradicciones ideológicas, las contradicciones entre el discurso y la actuación de los terroristas, además de testimonios de víctimas. Como señala Toboso (2020, p. 119), "El testimonio de las víctimas de acciones violentas tiene el efecto de restar prestigio a la vida del combatiente, puesto que destaca el aspecto más inaceptable que la narrativa violenta pretende ocultar. Los supervivientes representan las consecuencias humanas de los actos extremistas violentos y desnudan de heroísmo a quienes los cometen".

Estas políticas públicas también se han aplicado en el contexto carcelario, de hecho, países europeos han desarrollado módulos de tratamiento para presos por delitos de terrorismo, aplicando técnicas cognitivo-conductuales y terapias combinadas con educación religiosa (en el caso del yihadismo) para generar un cambio cognitivo y conductual. Por ejemplo, España implementó un programa con psicólogos, trabajadores sociales y clérigos musulmanes.

En la lucha contra la radicalización es aplicable el enfoque cognitivo, de hecho, basándose en el análisis de Hernández y Freitas (2023), a través de la aplicación de técnicas de guerra cognitiva es posible influenciar o desestabilizar a poblaciones objetivo, destinado a individuos, grupos y la sociedad. La desestabilización de nivel individual se orienta a los líderes, cuando éstos tienen ideas polarizadoras, lo cual sería aplicable a los líderes de agrupaciones terroristas, quienes tienen gran responsabilidad en la radicalización de otros sujetos, independiente a que el grupo disponga de activistas que desarrollen esa función; mientras que, desde un prisma ofensivo, con la guerra cognitiva se puede polarizar a una población, en el marco de la desestabilización también podría ser empleada para influenciar e implantar determinadas ideas y creencias, para que el enemigo, que podría ser un grupo terrorista, pierda su voluntad de luchar, usando para ello operaciones psicológicas, operaciones cibernéticas y operaciones de información.

Como señalan Giorgi y Saldanha (2022), las medidas defensivas de la guerra cognitiva deben priorizarse cuando la fuerza física no sea la acción más apropiada, aplicándolas para degradar y destruir la capacidad cognitiva y sistema de mando del oponente o enemigo; neutralizar y mitigar los efectos cognitivos propios por las acciones de los oponentes; prevenir efectos psicológicos no deseados, como la afectación a población civil; y comunicar y reforzar la intención de las operaciones. Aunque lo anterior está pensado para el contexto de operaciones militares y conflictos armados, es una lógica que sería aplicable al combate al terrorismo, para destruir la capacidad cognitiva y liderazgo de los actores terroristas, contrarrestar los efectos de la narrativa extremista, resguardar a la sociedad, y buscar el respaldo de la sociedad civil a las políticas públicas antiterroristas.

Por lo anterior, los componentes de la guerra cognitiva que serían aplicables al terrorismo, considerando la lucha contra la radicalización violenta como el pilar principal, serían operaciones psicológicas, operaciones de información y comunicación estratégica, operaciones en el ciberespacio, manipulación de percepciones, e Influencia sobre creencias, valores y cultura.

Tabla: Aplicación de la guerra cognitiva contra el terrorismo.

Fuente: Elaboración propia.

Resultados

El análisis desarrollado permite extraer los siguientes resultados:

La lucha contra la radicalización violenta es más efectiva cuando combina políticas de alcance amplio, considerando líneas de acción en educación y promoción de valores democráticos, con intervenciones individuales, y que además involucren activamente a las comunidades locales y a la sociedad civil, pero también es necesario evaluar los resultados para reorientar esfuerzos cuando ello se requiera.

En el marco de los esfuerzos de desradicalización son importantes herramientas como las contranarrativas, orientadas a neutralizar los relatos del extremismo violento, sobre todo en el ámbito digital, pues permiten confrontar en tiempo real la propaganda en su propio terreno.

Experiencias, como las de Alemania, Reino Unido y España, evidencian que diferentes modelos, que incorporan la dimensión cognitiva, pueden alcanzar objetivos similares: la reducción de la amenaza extremista y la reinserción social de personas que abandonaron la senda terrorista. De hecho, en Alemania, gracias a estas políticas, neonazis han abandonado grupos radicales, mediante programas de salida.

La intervención, con atención psicosocial individual y búsqueda de reintegración social, que incorporen el uso de contranarrativas, son aspectos universales de las políticas contra la radicalización, pero deben adaptarse a cada contexto sociocultural específico. Por ejemplo, en América Latina, donde la principal amenaza no es el yihadismo, los esfuerzos apuntarían a integrar enfoques de prevención del extremismo de otras adscripciones, por ejemplo, de extrema izquierda, además de considerar el fenómeno del uso de técnicas terroristas por parte de grupos de delincuencia organizada, por lo que se requeriría potenciar marcos regionales, a través de la OEA, para coordinar líneas comunes, protocolos e intercambio de información.

Utilizar el instrumento cognitivo, además exige un esfuerzo de política pública para disminuir la vulnerabilidad individual y colectiva frente a las narrativas extremistas, en programas de formación, para facilitar la identificación de manipulación y desinformación, potenciando el pensamiento crítico, lo que también requiere explicar y educar la forma en que reclutan los grupos terroristas, con material audiovisual sobre ejemplos de propaganda extremista.

Tratar de frenar la exposición a la narrativa extremista, implica identificar comunidades virtuales en las que compartan esos contenidos y las campañas que desplieguen grupos terroristas.

Asimismo, debe considerarse que muchas herramientas de la guerra cognitiva ya están incorporadas en políticas de prevención de la radicalización, pero con un propósito diferente, que sería clarificar ideas, reencuadrar y convencer al público objetivo, incluyendo colectivos en riesgo de radicalización, para rechazar la violencia, siendo necesario continuar reforzando técnicas de persuasión. Es posible utilizar técnicas de persuasión masiva orientadas a fines defensivos, no para suprimir la autonomía, sino para reforzarla frente a la manipulación que hace la narrativa extremista.

La incorporación de la guerra cognitiva al ámbito antiterrorista implica proteger los procesos de toma de decisiones, sesgos y vulnerabilidades de la sociedad y del Estado, pero también medidas proactivas contra los actores terroristas, esto es no sólo responder al relato terrorista, sino buscar la resistencia inmunológica al discurso radical, por ejemplo mediante videojuegos interactivos en entornos escolares y comunitarios, para enseñar de forma lúdica la manera en que actúan los mecanismos de manipulación psicológica a través de los típicos recursos retóricos como “nosotros versus ellos” o “somos un pueblo oprimido”, entre otros. Asimismo, desplegar operaciones de “degradación cognitiva” en el entorno digital de las redes terroristas, para explotar sus propios sesgos cognitivos, sus dudas y su paranoia, limitando su capacidad operativa.

Finalmente, América Latina no es inmune al terrorismo, aunque la presencia del yihadismo ha sido marginal, la perpetración de atentados, discursos radicales y la convergencia de tácticas terroristas con el crimen organizado plantean riesgos y desafíos a la seguridad pública de los distintos países, incluyendo la necesidad de establecer marcos estratégicos.

Conclusiones

Se evidencia un cambio en el paradigma antiterrorista, desde un enfoque punitivo a una perspectiva multidimensional, con énfasis en la prevención, ya que una respuesta eficaz contra el terrorismo no depende exclusivamente de las capacidades de los organismos de inteligencia y las fuerzas de seguridad, entendiendo que la neutralización policial de organizaciones y células no garantiza en absoluto reestablecer la condición de seguridad en la sociedad, por lo que resulta fundamental abordar los aspectos psicológicos y psicosociales, apuntando al cerebro como campo de batalla.

El diseño de estrategias antiterroristas, o sea las políticas públicas para contrarrestar el terrorismo, deben trascender la esfera policial y de persecución judicial, para abordar dimensiones comunicacionales e ideológicas, con el propósito que los sujetos implicados en actividades terroristas desvinculen su identidad de las narrativas extremista, para así desradicalizarse y reintegrarse socialmente. Asimismo, la primera tarea de la política es lograr que el individuo abandone la conducta terrorista, para luego dejar de adscribir al ideario extremista, lo cual, requiere de una intervención que implica mayor tiempo.

Lo anterior, como ya se señaló, presupone una intervención multidisciplinaria, para fortalecer la resiliencia cognitiva contra las narrativas radicales en colectivos vulnerables y en personas susceptibles de ser radicalizadas, es decir, apuntar a lo individual y a lo colectivo.

Por lo anterior, el fenómeno de la radicalización violenta, entendiendo que es un proceso no lineal y en el que intervienen factores cognitivos y actitudinales, plantea como desafío que, además de disuadir y perseguir policialmente al terrorismo, la sociedad debe abordar el núcleo ideológico y cognitivo que sustenta al extremismo, puesto que las ideas y percepciones de individuos serían “campos de batalla” donde se libra una pugna entre narrativas extremistas, que normalmente identifican un agravio y un enemigo responsable, y narrativas de convivencia democrática que no encausan conflictos a través de la violencia, razón por la que las estrategias de desradicalización son el pilar principal de la lucha contra el terrorismo.

Desde esta perspectiva, la colaboración internacional es fundamental, porque la radicalización violenta trasciende fronteras y ocurre en distintos contextos culturales, por tanto, se necesita de la cooperación en intercambio de información de inteligencia, asistencia técnica y trasferencia de experiencias de políticas exitosas, para incrementar la eficacia en la lucha contra el terrorismo.

En los países de América Latina, aunque no se manifieste el terrorismo yihadista, es necesario potenciar los marcos estratégicos y adaptar las lecciones aprendidas de la experiencia internacional, especialmente ante la difusión de narrativas extremistas de diferentes etiologías en el ciberespacio.

En conclusión, desradicalizar no significa borrar memorias ni implantar con facilidad ideas de convivencia democrática, sino facilitar que una persona recupere su capacidad de pensar por sí misma y de manera crítica, para que decida rechazar la violencia terrorista. En este sentido, la persona está en el centro del proceso, como agente activo de su propio cambio, y el Estado debe proveer las condiciones para que ese cambio sea posible y sostenible en el tiempo, con la consiguiente reintegración social.

Referencias

Bazaga, I., Bermejo, R. y Tamayo, M. (2023). La política de prevención de la radicalización violenta de la Unión Europea: ¿Cómo potenciarla a través de la cooperación al desarrollo y transfronteriza? (Análisis Monográficos). Fundación Cideal de Cooperación e Investigación.

De la Corte, L. (2007). Algunas claves psicosociales para el análisis y la explicación de los fenómenos terroristas. Athena Paper, 2(3), 38-57.

De Sebastián, L. (2025). La guerra cognitiva en el conflicto de la Franja de Gaza y Cisjordania. (Documento de Opinión Nº 80). Instituto Español de Estudios Estratégicos.

Deppe, C., & Schaal, G. S. (2024). Cognitive warfare: A conceptual analysis of the NATO ACT cognitive warfare exploratory concept. Frontiers in Big Data, 7.

Doosje, B., Moghaddam, F. M., Kruglanski, A. W., De Wolf, A., Mann, L., & Feddes, A. R. (2016). Terrorism, radicalization and de-radicalization. Current Opinion in Psychology, 11, 79–84.

Giorgi, L., y Saldanha, M. (2022). Guerra Cognitiva. Revista Visión Conjunta, 14(27), 9-17.

Gobierno de España. (2023). Estrategia Nacional contra el Terrorismo 2023.

Harris-Hogan, S., Barrelle, K., y Zammit, A. (2016). What is countering violent extremism? Exploring strategy and practice in Australia. Behavioral Sciences of Terrorism and Political Aggression, 8(1), 6-24.

Heise, M. (2024). Medidas estatales para contrarrestar el terrorismo. Revista Al-Ghurabá, (84), 47-51.

Heise, M. (2026). Operación Break Chain en Brasil: La amenaza de la radicalización online. Revista Al-Ghurabá, (103), 7-15.

Hernández, J. y Freitas, L. (2023). La guerra cognitiva y nuevas formas de amenazas a la paz y a la seguridad y la defensa nacionales. En E. Pastrana-Buelvas, S. Reith y F. Cabrera-Ortiz (Eds.), Transición del orden mundial: Impactos en las estrategias de seguridad y defensa en Colombia y la región (pp. 467-504). Sello Editorial ESDEG.

Khalil, J., Horgan, J. G., & Zeuthen, M. (2019). The attitudes-behaviors corrective (ABC) model of violent extremism. Terrorism and Political Violence, 31(6), 1106-1120.

Koehler, D. (2021). La desradicalización en Alemania: prevenir y combatir el extremismo violento. Revista CIDOB d’Afers Internacionals, (128), 59-80.

Lobato, R. (2019). En busca de los extremos: tres modelos para comprender la radicalización. Revista de Estudios en Seguridad Internacional, 5(2), 107-125.

Lozano, M. (2018). La implicación de la comunidad en la prevención: la experiencia de la “radicalization awareness network”. En A. Rivera y E. Mateo (eds.), Verdaderos creyentes. Pensamiento sectario, radicalización y violencia. (pp. 142-156). Catarata.

Morillas, M. (2018). La propaganda yihadista y los esfuerzos en contranarrativa. Observatorio Internacional de Estudios sobre Terrorismo.

NATO Allied Command Transformation. (2023). Cognitive warfare.

Sant, L. (2019). Naturaleza y tipología de la radicalización. En García, S. y Donaires, D. (Coords.). Radicalización violenta: Vías para la acción preventiva (pp. 11-22). Sindéresis.

Schmid, A. P. (2013). Radicalisation, de-radicalisation, counter-radicalisation: A conceptual discussion and literature review (ICCT Research Paper). International Centre for Counter-Terrorism.

Segoviano, S. (2025). La guerra cognitiva: opción estratégica emergente en la zona gris de la competición geopolítica. Revista UNISCI / UNISCI Journal, (68), 143-186.

Toboso, M. (2020). Terrorismo y Antiterrorismo. Colección Segments de Seguretat. Instituto de Seguridad Pública de Cataluña.

Contacto

coordinaciongeneral@centronacionalcnt.org

Contáctanos
Se brindará respuesta en un lapso no mayor a 24hr*

© 2025, Portal Centro Nacional CNT. Todos los derechos reservados |